Título: Tras la Lucha
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, lemon, Iori x Kyo, Kyo x Beni,

Capitulo XIV: Tras el Torneo


           

                 Jamás hubiera imaginado que el Hero Team fuera a perder en la primera pelea, pero así fue. Contra Yagami. Tuvieron que conformarse con ver el torneo desde el palco de luchadores.

            Tres semanas. Hacía tres semanas que Kyo estaba en su suite. No le molestaba la presencia del moreno, pero hubiera agradecido una simple explicación. La vaga letanía de “No me gusta estar en una habitación individual durante tanto tiempo” no le servía de mucho a Benimaru.

            Con  Kyo allí, su vida había sido un poco más caótica que de costumbre. Como no tenían por qué madrugar para los combates, las escapadas nocturnas y las fiestas en la habitación empezaron a ser una rutina. Nikaido comenzaba a estar realmente asustado por la actitud de su amigo, que no paraba de proponer planes alternativos para salir del hotel.

            Cuando, por absoluta necesidad, se veían obligados a dormir o a descansar entre juega y juerga, Kyo se quedaba horas mirando al infinito sin decir ni una palabra. Sin embargo, se negaba a hablar con él de cualquier tema medianamente serio.

Y el moreno empezaba a estar demasiado susceptible, estallando en gritos iracundos cada vez que alguien le hacía un comentario negativo.

            A su amigo le pasaba algo, y no quería admitirlo.

            Al menos, Benimaru se alegraba de una cosa: volvía a tratarle como siempre. Parecía aceptar lo que había ocurrido aquel día entre ellos, y no darle excesiva importancia. De vez en cuando bromeaban sobre el tema.

            Y al rubio se le hacía un nudo en el pecho. Sonreír ante algo serio solía ser su actitud habitual ante los contratiempos: nunca darle demasiada importancia a nada, siempre tomarte todo a la ligera. Si los problemas no le afectaban, entonces dejaban de ser problemas. Sin embargo no podía evitar que le doliera cada vez que Kyo coqueteaba con él para después echarse a reír.

            E, hipócritamente, él también reía.

            Y cuando Kyo dormía... Demonios... A menudo sus gritos le despertaban, sus movimientos bruscos o sus gemidos.  La primera noche que estuvo allí la pasó en vela, mirando como su amigo se retorcía en una abrupta visión inclasificable entre sueño y pesadilla.

A veces quería agitarle y despertarle a gritos cuando veía a su amigo chillar de pánico y miedo. Otras veces te veía obligado a tragar saliva y tratar de mantener fría la cabeza, porque era muy evidente lo que Kyo soñaba, y que lo estaba disfrutando.

Cuando el moreno finalmente decidió dormir con él en la cama (“Sólo dormir, Beni. Que nos conocemos”, había dicho) el rubio sonrió con malicia, lleno de esperanzas. Sin embargo, según pasaron los días, se arrepintió de haberle dejado.

Tragar saliva e intentar mantener fría la cabeza no es suficiente cuando tienes a Kyo Kusanagi contra tu espalda y jadeando en tu oído.

El rubio contempló como el moreno peinaba su cabello castaño ante el espejo e intentaba hacer el nudo de su corbata.  Dio unos pasos hacia su amigo hasta situarse a su espalda y le pasó los brazos por la cintura. Respiró el aroma de cabello recién lacado y el caro perfume. Apretó más el abrazo, conciente de que pronto, el otro muchacho empezaría a notar como su cuerpo reaccionaba. No le importaba.

-Eh, Kyito –le susurró, y comenzó a mover sus manos hacia el cuello del moreno-. Se ve que no sueles vestirte con traje ¿Eh? –sus larguísimos dedos desataron la chapuza y empezaron a anudar correctamente la corbata-. Se hace así, ¿ves? Te dejaré el nudo pequeño, queda mejor con el traje –susurró, pasando una mano por el pecho del muchacho para, supuestamente, alisar la tela-. Por cierto... ese perfume me excita.

            -Ya lo noto –dijo, sonriendo torcidamente al reflejo del rubio en el espejo. Esperó a que su amigo terminara de arreglar el cuello y el pasador. También permitió que se quedara un momento manteniendo el abrazo, disfrutando del contacto cálido e incitante-. Quítate ya, Beni. Tenemos que marcharnos... ¿Por qué demonios tenemos que ir a esa maldita fiesta?

            El rubio se alejó unos pasos y contempló el aspecto imponente de su amigo.

            -Primero: es la ceremonia de clausura del torneo de este año. Segundo: Todo el mundo estará allí. Tercero: hay comida y bebida gratis. Cuarto: sería muy egoísta por tu parte no dejar al mundo ver esta estupenda visión: Kusanagi Kyo con traje y corbata.

            -¿Van a ir... todos los luchadores? –Kyo procuró que su voz no sonara demasiado ansiosa.

            -Menos García y Atenía, que están en la enfermería, el resto van.

            Kyo se encogió de hombros, recogió su ropa de sport y embutió las manos en los bolsillos del pantalón con expresión de hastío.

            -Listo. Vámonos.

 

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            -¡Eh, Yagami! –exclamó Shingo al salir del ascensor. El otro luchador estaba de espaldas, mirando al hall del hotel-. Es una novedad verte con traje de vestir.

            El pelirrojo se giró como una cobra. En su rostro sólo había odio e ira. Yabuki retrocedió un paso, sorprendido y algo asustado.

            -¿Qué te pasa, crío? –dijo, apartando con un bufido molesto los mechones rojos que le cubrían el rostro-. ¿Es que todo el mundo tiene que confundirme con ese imbécil hoy?

            -Lo... Lo siento... Yo pensé que usted era...

            -Sí, ya. Es evidente quién pensabas que era –Murmuró Ramoru, relajando un poco la postura, pero sin borrar la expresión molesta de su rostro-. Olvídalo.

            El pelirrojo se volvió a girar hacia la recepción, ignorando la mirada intrigada y curiosa del joven Shingo.

            -E... esto... Usted no es del torneo ¿Verdad? No le había visto antes –dijo el muchacho, acercándose hacia aquel desconocido-. No le habrían dejado entrar si no tuviera algo que ver con... ¡Ah! –exclamó, poniéndose un poco  rojo y haciendo una levísima reverencia-. ¡Lo siento! No me he presentado. Me llamo Shing...

            -Shingo Yabuki, sí. Te conozco. Te gusta cruzar por el césped de la mansión para llegar antes al dojo Kusanagi a entrenar con Kyo.

            -¿Cómo...?

            La puerta del ascensor volvió a abrirse de nuevo.

            -¡Eh, Ramoru!

            La molestia del rostro del pelirrojo se convirtió en una gran sonrisa mientras se volvía a ver a su amigo. El moreno se acercó a él y le abrazó dándole fuertes golpes en la espalda.

            -¡Uch, Kyo! ¡Qué me rompes! Estás estupendo.

            Kyo se apartó con una sonrisa. Hacía al menos dos semanas que no veía a su amigo. Apenas dejaban entrar a gente de fuera, así que era difícil colar a una persona. De pronto, notó algo punzante e intenso clavado en su rostro. Se volvió levemente en dirección de aquella mirada.

            -¿Yabuki?

            El otro luchador le contemplaba con adoración desmedida. Durante las tres semanas del torneo, Shingo apenas le había visto. Debía haber estado entrenando muy duro, o estar Kyo muy ilocalizable.

            -¡Kusanagi-san! ¡Qué alegría! ¿Dónde ha estado? Le vi un par de veces en el palco, pero no pude ir a hablarle y, luego, estuve buscándole para entrenar, pero se había cambiado de habitación. Más tarde pasé dos días buscándole por el hotel, pero no le encontré. Kim me dijo que se había ido con Benimaru-san a un pub (Ah, hola, Benimaru-san) Pero cuando llegué al pub, sólo estaban los  del Art of fighting. Me dijeron que os habíais marcha hacía mu...

            -¿Nunca deja de hablar así? –preguntó Ramoru con desgana.

            -...cho, pero yo seguí buscando por la zona. Como quedaban tres horas para el siguiente combate, pensé en descansar un poco y me fui al hotel. Pero allí May-Lee me comentó que estabais en la habitación de Nikaido y estuve dos horas llamán...

            -No. Cuando está nervioso, puede pasarse horas sin parar de hablar.

            Los tres contemplaron con estupor a Shingo, que no descansaba ni para tomar aire.

            -...doles. No me abrían, pero podía oírles dentro. Al principio pensé que estaba en apuros, porque gritaba como si estuviera peleándose con Yagami, pero al rat... ¿eh?

            Kyo sujetó a Yabuki del brazo, clavándole los dedos con fuerza.

            -Deja de cacarear como una gallina, Shingo, y Vámonos a la fiesta de una maldita vez.

            -Ah, eh... ¡Claro, Kusanagi-san! ... ¿Ir... juntos? ¡Qué honor!

 

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            -Yabuki, tráeme otra copa.

            Shingo detuvo su incesante charla sobre técnicas de ataque y defensa. Fue corriendo sin rechistar hacia la barra para atender a los deseos de su maestro.

            -Kyito... ¿No crees que ya has bebido suficiente? –Beni contempló a su amigo con suspicacia. En la hora que llevaban en la sala, Kyo ya había enviado a su alumno a por alcohol cuatro veces.

            Los ojos del moreno centellearon con una furia repentina que desapareció de golpe.

            -Je... Es la única manera que tengo de hacer que deje de hablar durante un par de minutos –dijo, con una media sonrisa. Sus manos hicieron crujir los nudillos para después dirigirse hacia el cabello.

            Era evidente que el moreno estaba incómodo. Desde que habían llegado, apenas había hablado, moviéndose constantemente. Benimaru no paraba de vigilarle, lo que conseguía que aún estuviera más nervioso.

            Nada más llegar, Kyo se descubrió mirando en derredor en busca de la familiar figura del pelirrojo. Lo buscó por todas partes de manera soterrada, hasta que al final lo encontró sentado en un sillón cerca de la barra.

            Yagami llevaba un traje negro de cuello mao que le sentaba como un guante. Se dio cuenta de que, sin proponérselo, se había quedado demasiado tiempo mirándolo. Apartó la vista antes de que alguien se diera cuenta.

            Frunció el ceño y cambió el peso de pierna, molesto.

            Yagami no estaba solo.

            A su lado en el sillón estaba sentada Vanessa. Cerca. Demasiado cerca para el gusto del Kyo. El ruido que montaban los luchadores hacía que cada vez que hablaban, se tuviera que acercar el oído del pelirrojo.

            Según pasaron los minutos, Kyo cada vez notaba que la chica se acercaba más y más, haciendo que sus labios rozaran apenas el lóbulo de Yagami.

Kusanagi apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

            Sin embargo, intentaba por todos los medios no mirarles. Sólo cuando la incertidumbre era demasiado fuerte, giraba en su dirección la vista.

Y cada vez estaban más cerca.

            Para su desgracia, Vanessa era una mujer muy hermosa. Esa noche no había cambiado su habitual y masculina manera de vestir. Camisa sin mangas, corbata roja y unos pantalones negros. Sólo se había tomado la molestia maquillarse, ponerse zapatos de tacón y quitarse los guantes; mostrando unas hermosas manos de dedos larguísimos.

            Ella era la clase de mujer capaz de seducir si necesidad de un escote o un traje femenino. Y eso estaba alterando los nervios de Kyo

            Ahora Vanessa posaba una de sus manos desnudas sobre el muslo del pelirrojo. Iori le sonrió con la cabeza gacha y la mirada profunda.

            -Kusanagi-san, aquí tiene su copa.

            Kyo se limitó a arrancar el vaso de las manos de Yabuki y propinarle un larguísimo trago que le quemó la garganta.

            Demonios... Habían pasado tres semanas desde Aquel Día y aún no podía quitarse a Yagami de la cabeza. Cada minuto pensaba en él, incapaz de olvidarle. Recordando cada momento con absoluto y total resentimiento.

Tres semanas en las que ni siquiera sus miradas habían coincidido. Ni aún cuando pasaban casi rozándose.

Ambos fijaban su vista en el infinito y pasaban de largo.

Sin embargo, Kyo sabía que Yagami lo vigilaba cuando él no estaba mirándole. Podía sentir sus ojos de fuego en el comedor del hotel, en los pasillos, en las gradas. Quemaban como carbones candentes.  Pero cada vez que se giraba para encontrarse con aquellos pozos de odio, Yagami ya miraba de nuevo al infinito, lejos de él.

Le odiaba con más fuerza por eludirle.

Y ahora más que nunca, Kyo podía sentir aquella mirada salvaje fija en él, en su espalda. Sabía, sentía, que Yagami sólo dejaba de mirarlo cuando se volvía hacia él. Lo sentía. Veía la burla en su rostro, esa sonrisa irónica que sabía que el moreno estaba pendiente de todos sus movimientos.

Y así era.

Esa expresión decía que Yagami sólo permitiría que la mano de Vanessa subiera aún más siempre que Kyo estuviera mirando.

Le estaba provocando, y Kyo estaba cayendo en su trampa. Maldito...

Pese a que se repetía una y otra  vez que Yagami sólo estaba intentando enfadarle, no podía evitar el desear acercarse a la pareja y separarles a golpes. Celos. Demonios... El pelirrojo sólo quería verlo celoso. Y lo conseguía.

Cada vez lo odiaba más. No comprendía que reacción esperaba Yagami que tuviera. ¿Qué se fuera de la fiesta? ¿Qué le retara a un combate? ¿Qué se quedara sólo mirando, sintiéndose impotente? ¿Qué? ¿Qué esperaba el pelirrojo de él? No lo comprendía...

En otro momento de debilidad, volvió a girarse levemente para contemplar a su enemigo. Vanessa ya no pretendía guardar recato. Besaba el cuello del pelirrojo mientras aquella mano alcanzaba la ingle y se clavaba en la parte interna del muslo. Iori se estaba dejando acariciar, siempre con esa sonrisa irónica en su rostro.

Kyo apretó lo dientes y giró más el cuerpo, incapaz de disimular más su intensa mirada de morbo y frustración.

Iori sonrió más abiertamente, deslizando una mano por el pecho de la mujer, apartándola delicadamente de su cuello. La miró fijamente a los ojos con un brillo lascivo y seductor. Sus manos siguieron subiendo, rozando el cuello y el óvalo de la cara de su compañera. Acarició los mechones castaños con ambas manos, peinándolos.

Con dedos suaves, separó el cabello de Vanessa abriendo una raya en medio. Colocó los mechones ordenadamente a cada lado del rostro de la muchacha sin dejar de mirarla profundamente.

Cuando terminó, Yagami borró la sonrisa de su rostro, dejando sólo una lujuria salvaje.

            Entonces, sujetó con fuerza su cuello, atrayéndola hacia si violentamente, besándola de un modo brutal y apasionado.

            El corazón de Kyo se detuvo...

            ... para volver a latir desbocadamente cuando los ardientes ojos del pelirrojo se encontraron con los suyos, por primera vez en tres semanas.

            Entonces Vanessa dejó de existir porque, al perderse en aquellos ojos de fuego, Kyo sintió que era a él a quien besaba. Entreabrió la boca, dejando escapar un inaudible gemido. 

            Cabrón... Maldito bastardo... Era eso lo que querías, burlarte de mi utilizándola a ella. Qué retorcido. Qué ruin. Qué cobarde. Qué bajo has caído, Yagami.

            Y que bajo estoy cayendo yo, que soy incapaz de romper el contacto de nuestras miradas.

            Si pudiera simplemente parpadear, darme la vuelta y marcharme, juro por dios que lo haría. Si pudiera... Porque verte tratarla así me gusta, aunque no quiera admitirlo. Y ella responde a tu salvaje beso que viola su boca. Acaricia tu cuerpo con el suyo, oprime tu entrepierna con su mano. Quisiera ser yo quien lo hiciera. Y tú sigues mirándome mientras tu cuerpo responde a las caricias, burlándote de mí, retándome a que sea yo quien haga lo propio.

Acaso...

            ...acaso deseando que sea yo quien lo haga.

            Ella te besa con los ojos cerrados. ¿Qué haría si supiera que, mientras ella te excita, tú sólo estás pensando en mí y en tu venganza? ¿Crees que lo admitiría? Y yo... ¿Crees que yo aceptaré que pienses en mí mientras estás con otra? Imbécil... eres más idiota de lo que creía.

            Me has dejado demasiado tiempo para odiarte, Iori.

            Hace tres semanas habría aceptado cualquier cosa de ti, pero ahora... Ahora sólo aceptaré que sufras la misma humillación que yo entonces. ¿Qué es lo último que esperas de mí, Yagami? ¿Qué es lo que nunca creerías que podría hacer?

            Aceptarlo. No lo soportarías

            Por eso, cuando sonrío, lo hago con ironía y superioridad, sabiendo que lo último que esperas de mi es esta sonrisa.

            Lo compruebo en tu mirada aún prendida de mí. Tus ojos se abren, tu lengua se detiene un instante en la boca de tu amante. No sabes qué es lo que ocurre, pero intuyo que mi sonrisa te asusta lo suficiente como paralizarte.

            Sé que te preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Qué estará tramando?

            Y, ampliando inconscientemente mi sonrisa, avanzo hacia tu asiento con las manos metidas indolentemente en los bolsillos. Me sigues con la mirada, dejando que esa chica continué con sus avances. Cuando llego al sillón en el que estáis sentados, apoyo mis manos en el respaldo, dejando caer mi peso y acercando mi cara a vuestra altura.

            He notado que se ha hecho el silencio en el salón. Poco a poco, todas las miradas se dirigen hacia nosotros, esperando un combate.

            Aún me miras cuando separas los labios de Vanessa. A ella le cuesta unos segundos reaccionar y abrir los ojos. No me extraña. Parece sorprendida de verme tan cerca. Se aleja unos centímetros de tu cuerpo -aunque sigue estando muy cerca, demasiado cerca-.

            -¿Qué tal, Vanessa? –digo, dedicándole una sonrisa amplia y llena de miel-. Siento interrumpir vuestro idilio, pero me voy a marchar a hacer las maletas y tengo una cosa que devolverle a Yagami. Espero que no te importe. Luego podéis seguir con lo que hacíais. ¿Te lo puedo robar un momento?

            -Eh... s-sí, claro... –responde. ¿Y qué iba a decir?

            -¡Gracias! –vuelvo mi mirada hacia Yagami. Su expresión es una mezcla indefinida de miedo, curiosidad y dudas-. ¿Yagami? –digo, mientras introduzco la mano en mi bolsillo y saco aquel larguísimo cinturón de cuero rojo. Pretendía dejártelo con una nota irónica en recepción pero, en cambio, lo extiendo entre mis dedo y lo dejo caer a su lado-. Olvidaste esto en mi habitación el otro día. Debió de ser culpa de las prisas mientras te vestías. Espero que no te haya hecho falta hasta ahora. De  todas formas, puede que esta noche lo necesites.

            Sonrío más abiertamente cuando veo el rostro lívido de Yagami. Me aparto del sillón, pero antes de irme me vuelvo hacia aquella muchacha. Subo el tono de mi voz, conciente de que ya todos los presentes están atentos de mis palabras.

            -¡Ah, Vanessa! Espero que te guste que te aten mientras te follan, porque ese es el estilo de Yagami.

            Me giro y, en cuanto dejo de ver la cara de Iori, mi sonrisa se diluye en una mueca de rencor y autosatisfacción.

            Me siento incapaz de quedarme ahí un segundo más. Sé que todo el mundo me mira, me juzga, me condena. Veo a Benimaru seguirme con una mirada sorprendida. Ramoru me contempla con algo parecido al orgullo de la venganza. Shingo tiene lágrimas encharcando sus ojos.

            Y no me importa ninguno de ellos, ni lo que piensen.

            Sólo conservo el recuerdo indeleble del rostro de Yagami, de su humillación. Una humillación como estoy seguro que jamás ante había sentido.

            Y esa idea me encanta.

  Continua...