Título: Tras la Lucha
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, lemon, Iori x Kyo, Kyo x Beni,

Capitulo 12: Tras la mascara


           

            Yagami contempló sus manos. Era grandes, hermosas, de dedos larguísimos y finos. Manos de músico, fuertes y a la vez elegantes. Las uñas eran perfectas almendras ahusadas en su mano derecha, cortas y ovaladas en la izquierda. Ni una sola callosidad maculaba sus palmas. Podía verse el rastro blanquecino de mil diminutas cicatrices de antiguas peleas sobre la piel tersa del envés. Bailaban a cada movimiento de sus dedos, presionadas y expandidas por los fuertes tendones bien marcados.

            Eran manos magníficas y sensuales, perfectas.

            Y estaban temblando.

            Solían ser seguras de si mismas, precisas y certeras tanto para tañer las cuerdas de su bajo como para asesinar a sangre fría. Nunca habían temblado, ni en los días de más incontrolable frío. Y ahora... ahora Kusanagi había conseguido que sus manos danzaran de aquel modo incontrolable.

            Se sintió torpe, desmañado, incapaz de hacer cualquier cosa que requiriera usar aquellos apéndices erráticos. Intentó cerrar los puños con fuerza, pero siguió sintiendo aquellos molestos espasmos en sus muñecas.

            Como a cualquier persona de pulso impecable, aquel temblor se convirtió pronto en una obsesión, en una preocupante e inutilizadora  molestia. Cuanto más pensaba en su actual invalidez, más incontrolables se volvían sus manos.

            Kyo. Kyo. Kyo.

            Era culpa suya. ¿De quién más?

            Hacía tiempo que había admitido que no podía matar al Kusanagi. Sus manos deseaban hacerlo, sus instintos deseaban hacerlo, pero su cabeza... su mente racional se negaba. No paraba de repetirse una y otra vez que sin el moreno, no le quedaría nada, ni razón de vida, ni diversión, ni motivaciones...

            Y ahí estaban sus manos, temblando de rabia y desespero. De impotencia por no verse libres para acabar con la vida de Kyo.

            Kyo. Kyo. Kyo.

            ¿Qué me estás haciendo? ¿Por qué me tientas?

            Con tus miradas, con cada uno de tus lúbricos movimientos... Pareces tan débil, tan sumiso... Y mis manos tiemblan, incapaces de controlarse en tu presencia, desesperadas por desear con demasiado anhelo el arrancar la vida de tu cuerpo.

            No puedo estar a tu lado. Simplemente no puedo. La tentación es demasiado intensa. Tu sangre roja y cálida es una droga dolorosamente embriagadora. Si me quedo...

            Si me quedo, sé que voy a matarte, maldito Kusanagi. Y no quiero.

            Sumiso, expectante, arrastrándote a mis pies... Cuanto más débil te veo, más desean mis manos acabar con tu vida. Tu cuello... Seguro que se quiebra entre mis dedos como una ramita seca. Crack... y todo terminaría. La sola idea me tienta hasta lo imposible. Pero... si lo hiciera...

            Kyo. Kyo. Kyo.

            Sólo con tu nombre pienso en tu sangre. Repetido una y otra vez... Kyo. Kyo. Kyo. Kyo. Kyo... suena a los latidos de tu corazón. ¿No lo escuchas?  Desearía poder acallar tu nombre. Desearía... desearía... te deseo...

            Demasiado

            Necesito estar a tu lado, cada instante, cada segundo. Necesito estar junto a ti, destrozándote lentamente, torturándote. Siempre lo he necesitado... Es lo más próximo a la muerte que puedo otorgarte: el sufrimiento, el dolor, la vejación, la inmisericordia.

            Eres tú quien se humilla y llora, quien ruega y se arrastra. Yo estoy arriba, erguido y frío, mirándote, superior, dueño y poseedor. Sin embargo... ¿Por qué me siento tan débil y vulnerable, tan inseguro? Se que... que... en cualquier momento, si tú te levantaras y, dando media vuelta, te marchases... Yo no podría hacer nada y... moriría de dolor ante la idea de que tu no desearas morir entre mis manos tanto como yo deseo matarte.

            Kyo. Kyo. Kyo.

            ¿Qué me estás haciendo? ¿qué veneno me has dado?

            Si me quedo... no podré controlarme. Se que no podré detener estas manos y tendré que acabar contigo. Y si te mato, Kyo... ¿Qué será de mi? ¿Dime?

            Si ya tú no pudieras matarme...

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            Los negros mechones cubrían el rostro de Kyo. Daba igual que estuviera furioso, triste, indiferente... podría haberse sentido de mil maneras. Oculto tras esa cortina, Ramoru sólo podía distinguir un leve temblor en los hombros desnudos del muchacho. Un temblor que se fue incrementando.

            Y no fue capaz de decir nada. Tan sólo podía mirar su cuerpo esbelto y tenso, aquel cuerpo perfecto que le hacía erizar el bello. Tan sólo le miraba, sin querer consolarlo. Tan sólo le miraba, porque era exactamente eso lo que quería hacer. Grabar la imagen de Kyo desnudo a fuego en su mente. Egoísta.

            Sentía que jamás volvería a tenerlo delante de aquel modo.

            Pero Kyo, según pasaban los minutos, dejó de parecer una figura débil y enjuta. Sin cambiar de postura, Ramoru podría haber jurado que ya no temblaba por el llanto, sino por furia.

            Pero siguió mirándole, sin decir nada.

            -No puedo soportarlo...

            El pelirrojo salió de golpe de su estupor. Kyo no se había movido, aún con la cabeza gacha y el cabello lamiendo su rostro.

            -No lo aguanto –dijo, poniéndose en pie y enfundándose de cualquier manera una camiseta usada-. Sé que me está oyendo.

            Entonces, el moreno dirigió sus ojos enloquecidos hacia Ramoru. Luego, se volvió hacia la pared como un animal enjaulado, clavando sus pies en el suelo. Miraba fijamente hacia el muro, como si sus ojos pudieran ver más allá, perdidos en los rincones el cuarto de su peor enemigo.

            Sin decir nada más, sacó la bolsa de viaje y comenzó recoger sus pertenencias. De vez en cuando se volvía con suspicacia hacia aquella maldita puerta que podría abrirse en cualquier momento.

            No volvió a fijarse en Ramoru.

            Kyo recorría la habitación de un modo caótico, nervioso y desordenado. Se detuvo un momento para ponerse unos pantalones y seguir con su labor. Recogía cualquier cosa sin cuidado, arrojándola al fondo de la bolsa.

            Y, de pronto, se quedó quieto.

            Mirando un objeto entre sus manos. Un cinturón de cuero blando. Rojo. Larguísimo.

            Lo enrolló lentamente, con calma, y se lo metió en el bolsillo.

            La expresión que cruzó su rostro era indescriptible, pero hizo que el corazón de Ramoru se encogiera. Luego cerró la bolsa con brusquedad y se la cargó al hombro.

            -Me marcho, Yagami –dijo, mirando hacia aquella estúpida puerta de contra chapado-. No me esperes despierto.

            Y salió dando un portazo. Ramoru se encontró solo en medio de una habitación que apestaba a sexo. Extendió una mano y recogió la banda blanca que su amigo solía llevar para recogerse el pelo en las peleas.

            Por un momento se preguntó si, al igual que la banda, Kyo no le habría olvidado con las prisas.

 

 

            Benimaru escuchó los insistentes golpes en la puerta. Se levantó de la cama restregándose los ojos. Ya estaba acostumbrado a que los luchadores pasaran por su habitación a cualquier hora del día o de la noche, así que abrió la puerta sin preguntar.

            -Estás precioso, Beni.

            El rubio se despertó de golpe al reconocer la voz de Kyo. De todas las personas que había en el edificio, el último que esperaba encontrarse allí era al moreno. Desde aquella mañana ni siquiera se habían cruzado una palabra.

            De pronto fue muy conciente de que había abierto la puerta vestido tan sólo con unos boxers negros. Kusanagi le dirigió una intensa mirada de arriba abajo y de vuelta arriba. El rubio tragó saliva, pero se intentó recomponer con bastante acierto.

            -¿Q-Qué... qué haces aquí, Kyo?

            El otro se limitó a apartar a su compañero a un lado y entrar en la habitación.

            -¿Tú qué crees? Vengo a pasar la noche contigo.

            Y ocurrió lo que jamás había ocurrido. Aquello que nadie imagina que pueda pasar. Llámenlo un milagro, llámenlo un prodigio; sea como sea, sucedió.

            Benimaru Nikaido se sonrojó.

            Kyo dejó caer su bolsa, miró en derredor, y se sentó en el sillón.

            -No voy a pasar la noche contigo de esa manera.

Desde su puesto junto a la puerta, Benimaru contemplaba al moreno. Vio su rostro frío como una piedra, los enormes ojos de hielo. Notó que su cuerpo aún temblaba levemente, las marcas de su piel, el cansancio acumulado bajo sus ojos. También supo por su mirada que Kyo no quería hablar de los motivos de aquella visita.

Nikaido se dejó caer a su lado con fuerza.

-¡Ah, Kyito! ¡Qué maravilla! Podremos pasar toda una noche entera para nosotros, como en los viejos tiempos. Beberemos, charlaremos, comeremos pizza, puntuaremos a las tías del torneo, veremos una peli porno, fumaremos marihuana, cantaremos canciones de campamento y buscaremos formas de animales en las nubes. ¿No es estupendo?

El rubio se recostó en el sillón pasando un brazo sobre los hombros de su amigo.

-Beni, jamás hemos hecho eso –dijo seriamente Kyo, pero en su boca comenzaba a despuntar una levísima sonrisa.

-¡Demonios! ¡Es verdad! Entonces me temo que tendremos que dormir. ¡Qué aburrido! ¿Te vienes a la cama?

-Sillón.

-Mhhh...  Tenía que intentarlo ¿No?

 

 

            Rojo contra rojo, sangre contra sangre. Lejos, muy lejos. Allí abajo, su cuerpo contraído aferraba a su presa, vomitando bocanadas de sangre espesa y negra. Sangre contra sangre...

            Kusanagi, Yagami. De algún modo, ahora eran de la misma sangre.

            Podía ver sus propias manos desgarrar la ropa de Kyo, sus colmillos clavándose en la piel y tragando sin saborear aquellos tibios trozos de carne. Distinguió los ojos vidriosos del moreno. No escuchaba sus gritos.

            Ya no escuchaba sus gritos.

            Sólo oía una y otra y otra y otra y otra vez su propia voz cavernosa e inhumana pronunciando como un autómata del nombre de Kyo.

            Eso, y el chasquido afilado de los huesos al romperse entre sus propias mandíbulas.

            La sangre era tan dulce, tan intensa. Sabía a Kyo, igual que la carne, igual que aquella piel que comenzaba a enfriarse. Su sangre, la de Kusanagi. SU Kyo.

            Muerto. Como siempre lo había querido tener entre sus brazos.

            Porque estaba muerto ¿No? Y eso era lo que importaba.

            Desde arriba contempló la escena, y se sintió orgulloso, libre, realizado. Su instinto le decía que así era como todo debía estar. Sus ojos brillaban en la oscuridad con el brillo de los ojos de gato, con un reflejo ámbar del color de la bilis. Su boca seguía arrancando el sonido del nombre de Kyo... como un corazón...

            El cuerpo entre sus brazos estaba desmembrado; jirones de carne colgaban de las heridas abiertas. No manaba sangre de los cortes. El rostro de Kyo era una costra de heridas, sudor y cabellos en grumos. Jamás lo había visto en tal estado, pero a Iori le pareció más hermoso que en todos los días que lo había conocido.

            Sólo porque estaba muerto, y así era simplemente bello.

            Quieto, tranquilo, sumiso, vulnerable, maleable, dispuesto y hermoso. Porque era suyo. SU perfecto muñeco muerto.

            Aquel rostro sepultado en sangre... no le miraba... no le juzgaba.

            Hasta que abrió los ojos de golpe.

            Supo que aquello no era el rigor mortis, pasan muchas más horas antes de que se abran los ojos. Supo que algo andaba mal, porque ya no veía aquel turbio cristal en sus ojos... sino agua y hielo.

            Kyo estaba vivo... le miraba... le juzgaba.

            -Tú no quieres matarme.

            La sangre en su boca, las garras aferrando con fuerza los costados de su propia cabeza. Tantos pensamientos le dolían.

            -Sí quiero. ¡Sí quiero! ¡Es lo único que deseo! ¡CÁLLATE! Cállate...

            El cadáver comenzó a moverse con pequeños espasmos, intentando controlar aquellos huesos quebrados y los músculos colgantes. Parecía un títere manejado por un prestidigitador novato.

            -Tú no quieres matarme. Tú necesitas matarme, pero no quieres.

            La desesperación le invadió al notar el contacto húmedo de algo que empezaba a deslizarse sobre Kyo. Era la sangre espesa y negra que comenzaba a brotar de las heridas abiertas. Su corazón volvía a latir.

            -Pero si tu no me matas, Yagami... lo haré yo.

            Lo último que vio antes de sumirse en la oscuridad, fue aquel rostro desencajado y sanguinolento abalanzándose sobre él, directo a su yugular. Dispuesto a darle una muerte rápida.

            Despertó de golpe, sudando. Sintió la sangre en sus propias manos brotando de la palma. Las uñas habían marcado cuatro medias lunas en la piel abierta. Intentó recuperar el aliento, encendió la luz, buscó a tientas un cigarrillo y se lo puso en la boca sin encender.

            Pero el cigarro calló de entre sus labios. Fue entonces cuando se dio cuenta que desde que despertara, no había dejado de pronunciar aquel nombre una y otra vez, como un mantra.

            -Kyo. Kyo. Kyo. Kyo. Kyo. Kyo. Kyo...

            No fue capaz de dejar de repetirlo en toda la noche.

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