Título: Tras la Lucha
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, lemon, Iori x Kyo, Kyo x Beni,

Capitulo 11: Tras el Silencio


            -¿Cu... cuál es su...

-Ciento treinta y dos

            -Gracias.

            Y aquellas habían sido las únicas palabras que habían intercambiado en los últimos diez minutos. Ramoru se puso en pie, se acercó a la barra y dejó un montón de monedas suficiente como para pagar  su zumo y todas las Coca-cola Light de Nikaido.

            Luego se marchó sin volver la vista atrás.

            Cruzó mil pasillos elegantísimos. La espesa moqueta acallaba sus pasos mientras las luces de los corredores se encendían como por arte de magia. Subió lentamente las escaleras y buscó en la maraña de travesías la correspondiente a la habitación de Kyo.

            Al torcer una esquina, el eterno silencio sepulcral quedó roto por un sinfín de sordos gritos y gemidos.

            Ramoru apresuró sus pasos.

            132.

“-¡¡¡¡¡AAAAAAAHHHHHH!!!!! ¡Oh Dios! ¡¡¡Aaaahhh!!! “

Reconoció la voz de Kyo en aquel grito descontrolado. El eco se perdió en el pasillo, pero fue seguido por otros menos profundos. Gemidos. Dolor.  Sin darse cuenta su mano se había posado sobre el tirador. Quería creer que estaba en peligro, deseaba creerlo. Que le estaban atacando. Quería que fuera verdad, acallar a su mente racional con aquella mentira. Podía ser una pesadilla ¿No? Podría serlo, si no fuera por los jadeos profundos que se solapaban a los de Kyo.

            Pero sabía... y su mano no se atrevía a abrir la puerta. Tan sólo podía escuchar. Gritos como jamás le había arrancado él a Kyo, deseo en cada gemido. Y cada palabra... cada palabra de su amigo le estaba matando. Sentía un dolor intenso en el pecho. Traición, celos, humillación... y no podía decir nada, porque el moreno jamás le había jurado lealtad eterna...

            “-Mhhh...  más rápido... ah ah ah... ¡Yagami! ...más... más fuerte... Ahhhh... ¡así! Justo así.... mmhhhh, ahhhh... más... oh, sí... ¡más adentro! ... ¡¡¡AHHHH!!!  ¡Oh, Dios mío! ...me enloqueces, Yagami...”

            Su mano en el pomo, su frente apoyada en la puerta. Dos lágrimas gemelas quemaron sus mejillas. Cayeron al suelo con el último estertor de Iori y Kyo. En ese momento supo que lo que Benimaru le había dicho era cierto. Una vez tuviera a Yagami, el moreno jamás volvería a sus brazos.

            Había sido su juguete, su excusa cuando la pasión le desbordaba. Y él no podía decir ya nada. Era demasiado tarde para exigir fidelidad, demasiado tarde para pedir algo más que sexo. Demasiado tarde para reclamarlo como propio.

            Cobarde. Ramoru. Eres un cobarde. Tenías miedo a perderle como amigo. Pero... ¿Podrás soportar tenerlo como amigo sin poder tenerle como amante? ¿Vale tanto la pena su amistad? Porque hablas de la amistad como de un tesoro, y no tienes en cuenta el tipo de amigo que es Kyo. ¿Tanto ofreces por la amistad de una persona que te utiliza, de humilla, te engaña, te somete, te insulta  y te olvida?

            Por sexo sí, pero sólo por amistad... por esa amistad no vale la pena.

“-Por cierto. Esto no volverá a repetirse, Kusanagi. Jamás.”

            Y un portazo.

            Ramoru se secó los ojos con la venda de su muñeca. Se dio la vuelta y apoyó la espalda contra la puerta. Lentamente se dejó caer hasta abrazarse las piernas sentado en el suelo. Golpeó lentamente su frente contra las rodillas, buscando alguna clase de dolor físico más intenso que el que sentía dentro.

            Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos grises, y no hizo nada por contenerlas.

            Sabía que las palabras de Yagami habrían destrozado a Kyo, pero no quería verlo. Aún no podía verlo.

Pensaba en aquel primer beso como en una nebulosa. Para él fue algo puro, para Kyo algo apasionante. Siempre supo que era a Iori a quien besaba... lo aceptó tanto tiempo... tanto tiempo que, cuando escuchaba la voz de Kyo llamarle Yagami, ya no se le detenía el corazón de rabia. Incluso... incluso llegó a gustarle... Aquel nombre en sus labios le excitaba porque le obligaba a adoptar un rol que a Kyo le enloquecía.

Si quería ver aquellos ojos castaños brillar de lujuria, sólo tenía que enronquecer su voz y llamarle “Kusanagi”.

Cuando aquella primera vez Kyo le besó, Ramoru supo lo que era alcanzar el cielo en una unión mística. Pero... resultó que era en Yagami en quien pensaba. Desde entonces nunca volvió a sentir aquel éxtasis de comunión con Kyo. Cuando Ramoru le tomaba -porque el moreno siempre se negó a que fuera  a la inversa-, el pelirrojo siempre supo que aquel acto sólo implicaba a dos personas.

Y él no era ninguna de las dos.

Poco a poco se fue introduciendo en su hilo de pensamientos los resuellos entrecortados provenientes de la habitación a sus espaldas. ¿Habría vuelto Yagami allí, olvidando la promesa que le hizo antes de salir? Pero no. Ahora sólo era la voz del moreno la que sollozaba quedamente.

Debían haber transcurrido horas... ¿Tanto tiempo había pasado allí sentado, pensando en recuerdos, recordando pensamientos? No se había dado cuenta de cuándo había anochecido. Al final del pasillo se veía la negrura entrar por una diminuta ventana. Los suaves lamentos cada vez eran más intensos. No había oído a Kyo gimotear así desde que era niño...

Ramoru se puso en pie de un salto, con los ojos muy abiertos. Intentó girar el pomo, rogando a todos los dioses porque las puertas de aquel hotel tuvieran que cerrarse desde dentro y al moreno se le hubiera olvidado. Escuchó el chasquido de la cerradura al abrirse y suspiró aliviado. Entró apresuradamente.

Dentro de la habitación, escuchó la voz de Kyo emitir un grito de terror ahogado. No podía ver nada. Su amigo debía estar absolutamente aterrado. Buscó a tientas el interruptor de la luz hasta que sus dedos encontraron el minúsculo mecanismo.

Una suave luz amarillenta iluminó la habitación.  Ramoru vio el cuerpo desnudo de su amigo agazapado contra el cabecero de la cama. Parecía un animar acorralado y horrorizado. Su cuerpecillo temblaba como una hoja. Tenía los ojos muy abiertos dirigidos hacia él, y el rostro pálido como un cadáver.

Cerró la puerta a sus espaldas para que nadie pudiera ver a su amigo en aquel estado.

¿Hacía cuánto que había anochecido? ¿Una hora desde que era noche cerrada? ¿Por qué no había encendido una lámpara al llegar a la habitación, como hacía siempre? Tras marcharse Iori, debía haberse dormido y al despertar...

Kyo le miraba sin dar muestras de reconocerle.

-Tranquilo -susurró-. Soy yo... ¿Ves? No ocurre nada... Ya ha pasado ¿vale?

Como única respuesta, el moreno se contrajo un poco más.

Ramoru abrió la puerta del baño, encendió la  luz y descorrió la cortina de la ducha. Luego echó a un lado la puertas corredizas del armario de la habitación, descubriendo el interior vacío. Movió las telas que cubrían la ventana y, por último, se puso de rodillas en el suelo y miró debajo de la cama de su amigo.

Se puso en pie y se sentó en el borde del colchón, un poco alejado de Kyo.

-¿Ves? No hay nada en ningún lado, y esta luz no va a apagarse, te lo prometo.

Los rasgos de su amigo se fueron relajando poco a poco. Ya no temblaba, pero su rostro seguía blanco como la leche. Miró con sus grandes ojos castaños de pupilas contraídas a Ramoru. Esta vez pareció reconocerle.

-Ya... Yagami...

El pelirrojo sintió su corazón darle un vuelco. ¿Tanto había devorado aquel bastardo el alma de Kyo, que en menos de un día había conseguido aquella dependencia? Ramoru podía comprender que Kyo le deseara, que ansiara yacer con él y ser su amante... pero no podía admitir que Yagami le robara la amistad de Kyo. Eso no podía ocurrir.

No. No iba a admitir que buscara a Iori cuando lo que necesitaba era un amigo. A él. Le necesitaba a él, que sabía qué hacer, que siempre había estado a su lado, que siempre miraba bajo su cama... No a Yagami... Yagami  era la sombra que Kyo temía que le atacara en la oscuridad.

-Yagami... -volvió a susurrar el moreno, esta vez con más convicción-. Has vuelto...

La leve y pálida sonrisa de Kyo fue suficiente como para derribar todos los diques que Ramoru había levantado en su mente en las últimas horas. Tragó saliva, extendió los brazos hacia su amigo y se deshizo del poco orgullo y dignidad que le quedaban.

-Sí, Kusanagi -susurró-. He vuelto.

Al tiempo que abrazaba a Kyo, vio su mundo venirse abajo. De nuevo las lágrimas acudieron a sus ojos. Sin honor, sin entereza... Olvidó sus propios sentimientos, decidido a ser todo aquello que Kyo quisiera que fuera... todo, ya no sólo en cuerpo, como hasta ahora... también en alma. No se molestó en seguir repitiéndose que él era especial para su amigo. No.

El que era especial, era Yagami.

Lo primero que sintió fue la boca de Kyo contra su cuello, sus labios rozándolo involuntariamente en una caricia que le hizo estremecer de los pies a la cabeza. Luego fue conciente de que su amigo estaba desnudo. Sumiso y desnudo.

Vio las marcas escarlata distribuidas por cuello y pecho, rastros rojizos paralelos que trillaban su blanquísima piel como cuchilladas, manchas castañas de sangre seca por todas partes: en las sábanas, en su cuerpo, en la boca. Notó el corte que cruzaba su rostro, la carne viva de sus muñecas,  la herida aún abierta y sangrante en uno de sus pezones.

Aquel bastardo había destrozado a Kyo.

Deseó con más fuerza que nunca matarle con sus propias manos... pero entonces el moreno comenzó a besarle el cuello, el rostro, a morderle los labios con más pasión que nunca. Y Ramoru se dio cuenta de que, cualquier cosa que Yagami pudiera hacerle, Kyo iba a aceptarla y a disfrutar con ella. Cualquier cosa.

-Ejem.

El moreno dejó de besarle y miró sobre su hombro. Ramoru no necesitaba volverse para saber quién había carraspeado a sus espaldas. Entonces Kyo se apartó de él apresuradamente, saltando hacia atrás, acuclillándose en la otra punta de la cabecera de la cama, intentando cubrir su cuerpo con una sábana.

Kyo no volvió a mirar a Ramoru. Arrepentido, contemplaba aquella figura lánguida recostada contra la jamba de la puerta.

-Y... yo... no es lo que parece, Yagami... -susurró Kyo, intentando buscar una excusa innecesaria.

-Es exactamente lo que parece -dijo Iori desde la puerta-. Sólo diré una cosa, y me vale de advertencia para los dos: No intentes sustituirme.

Kyo enmudeció de golpe. Su rostro desencajado de dolor comenzó a cubrirse de lágrimas.

-¡¡¡NOOO!!! Nunca... nunca podría sustituirte... -chillaba el moreno. Perdiendo la razón por un momento, salió de la cama y se abrazó a Yagami-.Nadie podría sustituirte... por favor... Lo que dijiste antes... no puede ser verdad... ¿No? Dime que no vas a olvidarme... no puedes dejar esto así... ¡No deseo a nadie más que a ti! Oh, dios... no te marches...

Yagami se quitó a Kyo de encima de un fuerte empellón que le estrelló contra la pared. Su cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo y húmedo.

-Eres patético, Kusanagi –exclamó Iori, moviendo aquel cuerpo postrado con la puntera de su bota-. Rogando tanto porque te golpee, como porque te folle. Eres como un niño pequeño que se arrastra y chilla cuando sus padres le castigan con un “ya no te queremos”. Patético, Kusanagi. Casi tanto como llorar por tener miedo a la oscuridad.

-Cállate...

Iori se giró como una cobra. Clavó sus ardientes ojos rojos en el otro pelirrojo.

-¿Qué has dicho, jardinero? –preguntó Yagami, sin llegar aún a creer que aquel muchacho se atreviera a enfrentarle.

-He dicho... Que. Te. Calles. –dijo Ramoru, deteniéndose en cada palabra-. No tienes derecho a hablarle así. No tienes derecho.

Yagami rió con ironía, mirando al amiguito de Kyo con la cabeza alzada, prepotente.

-¿Quién te crees que eres? No eres nadie. Si te enfrento no durarías ni diez segundos. Más te vale no ponerlo en duda, niño valiente.

Iori volvió su atención de nuevo Kyo, despreciando a aquel muchacho que nunca había sido más que una mota de polvo para él. Jamás se había planteado matarle... había estado siempre ahí, junto a Kyo. Nunca sintió celos. No los había sentido ahora. Ramoru era sólo el jardinero de Kusanagi, sólo eso.

-No me des la espalda. Me importa bien poco que me mates, pero no trates así a Kyo. El se merece algo más que tú.

Yagami se volvió de nuevo. Ya no había  diversión en su rostro. Iba a matar a aquel muchacho entrometido por dos motivos: primero, interrumpirle. Segundo, menospreciarle. Alzó su mano cubierta de llamas danzantes, dispuesto a que aquello durara poco y pudiera seguir con Kyo.

Pero el cuerpo del moreno se interpuso entre los dos pelirrojos y Iori se vio obligado a apagar las lenguas de fuego púrpura.

-Ra-chan, cállate tú –susurró Kusanagi-. Yagami sólo dice la verdad. Soy patético. Deja que se marche.

Ramoru miró a su amigo con tristeza. El rostro de Kyo estaba triste pero resignado a dejarle ir. Jamás le había visto tan abatido. Hizo que se sentara en la cama y luego avanzó hacia Yagami.

-Bien –susurró, de modo que sólo Iori pudo oírle-. Ya has conseguido someterle como querías. Ahora márchate, por favor.

-Sí, ya lo he conseguido –dijo, en tono de triunfo. Luego echó su cuerpo un poco hacia delante, hasta que pudo susurrar al oído del otro pelirrojo-. Algún día tendrás que probar lo que se siente al yacer con alguien que esté pensando en ti, en vez de en otro.

Ramoru sonrió con tristeza.

-Gracias por el consejo, Yagami. Supongo que lo dices como alguien que al fin ha llevado a la práctica lo que deseaba hacer  durante años. Siempre nos espiabas tras las ventanas cerradas.  ¿Te crees que no me daba cuenta?

Iori se apartó un poco de aquel muchacho, sorprendido de que durante todo aquel tiempo él hubiera sabido que les vigilaba. Ramoru aprovechó para seguir hablando.

-No eres tan sigiloso como crees. Y menos cuando tu respiración se agita. Mi padre te descubrió desde el patio hace mucho. Al menos... al menos las ventanas son gruesas, y sé que jamás le escuchaste pronunciar tu nombre. Durante ese tiempo y a tus ojos, fue mío. Sólo MÍO.

Yagami acercó una mano casual al rostro del otro muchacho. Fue un gesto líquido y elegante. Rozó su pómulo y se deslizó como una mariposa hacia su sien, apartando por el camino un suavísimo y exangüe mechón pelirrojo. Aquel contacto hizo que Ramoru se estremeciera de repulsión e ira.

Aquella mano laxa de Yagami, en una fracción de segundo se convirtió en una garra. Aferró con fuerza el cabello del amigo de Kyo y tiró hacia atrás con un golpe seco.

-Ra-chan ¿No? Así te llama él –masculló Yagami entre dientes-. Ahora sé tu nombre. Estabas mejor antes, cuando no eras más que un insecto para mi. Pero ahora, después de tantos años, tienes nombre. Y no me olvidaré de ti, te lo aseguro. No te voy a decir que te alejes de Kusanagi, pero... no te interpongas entre nosotros. Y nunca, NUNCA, vuelvas a interrumpirme. Sea lo que sea que yo haga con él, golpearle, herirle, insultarle, matarle o desollarle, JAMÁS vuelvas a ponerte en medio. ¿Queda claro?

Kyo seguía sentado en la cama, sin apartar la mirada de aquellos dos pelirrojos. Podía ver el dolor reflejado en los rasgos de Ramoru. No hizo nada. No quiso hacer nada por su amigo.

-Te voy a matar... bastardo –musitó Ramoru entre dientes.

Yagami no sintió temor ante sus palabras, pero un escalofrío le recorrió el cuerpo. Aquel muchacho jamás podría siquiera rozarle, pero su juramente había sonado más serio y decidido que ninguno que le hubieran hecho hasta el momento. Ni siquiera Kyo.

Soltó al muchacho y sonrió con sorna.

-Mejores lo han intentado. Y han muerto –dijo, y salió de la habitación.

Antes de cerrar la puerta volvió la vista hacia Kusanagi. Sus ojos estaban perdidos en el suelo, sus manos sobre el regazo desnudo. Su cuerpo fláccido y vulnerable. Iori sintió la necesitad de entrar de nuevo y seguir torturándole, destrozando su alma, marcando como propia aquella piel...

Sacudió la cabeza, alejando aquellas ideas de su cabeza.

Cerró la puerta de golpe.

¿Qué me has hecho, Kyo?

¿Qué me estás haciendo?

     
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