Título: Tras la Lucha
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, lemon, Iori x Kyo, Kyo x Beni,

Capitulo 10: Tras los recuerdos


             Sssss… fhh, TOC

Sssss… fhh, TOC

Saisyu se tensó al escuchar aquel sonido de entrecortado arrastre a sus espaldas. Sus nervios se pusieron de punta y deseó marcharse de aquel pasillo a toda prisa. Si no se daba la vuelta, podría ignorar a aquella persona.

Sssss... fhh, TOC

No podía salir corriendo. No debía escabullirse de sus deberes. Aunque ahora que lo pensaba, aquello ya no formaba parte de su vida, no tenía que enfrentarlo.

Sssss... fhh, TOC

Hacía tantos años que no se veían...

TOC

Se encogió de hombros, sabiendo que Él estaba detenido a sus espaldas, sintiendo su mirada clavada como un cuchillo entre sus omóplatos.

-Después de treinta y ocho años, aún me sigues teniendo miedo, Kusanagi.

Saisyu siguió sin volver la vista. Yagami tenía razón, tenía miedo. No de las llamas púrpuras, ni de que le venciera en un combate ¡Por todos los dioses! Eso sería imposible...

-Después de treinta y ocho años, sigues utilizando los mismos insultos, Yagami -Dijo, absolutamente estático y con un tono frío pero triste-. Hace tiempo que perdí el valor y el honor. No me ofende que me llames cobarde. Y no quiero verte.

Hiroki dejó escapar un gemido quejumbroso que terminó convirtiéndose en un carraspeo. Su cabeza se hundió entre los hombros. Aquellas palabras viniendo de su enemigo le dolieron como un golpe en pleno rostro. No había vuelto a buscarlo desde hacía más de quince años... no quería que aquello ocurriera. No podía soportar aquella actitud en Kusanagi.

-Cobarde...

-Yagami, ya te he dicho que no me afec...

-Que no te quieras enfrentar a mi, lo comprendo. Pero te llamo cobarde por no tener el valor de enfrentarte a ti mismo. Yo soy todo tu pasado, y soy tu futuro. Cobarde, cobarde, cobarde -murmuró Hiroki, cacareando como una gallina-. Sé lo que piensa la gente cuando me mira... ¡Dios mío! ¡Qué lástima! ¡Qué horror! Pero no, no me tenéis lástima, me tenéis miedo, porque soy un resumen de vuestras vidas... un resumen de vuestras laaaaargas vidas reducidas a treinta y ocho años. Tienes cuarenta y dos, y yo jamás alcanzaré esa edad. Sin embargo he vivido lo suficiente como para comprender algo que tú no sabes: que nadie es inmortal. Tu tampoco, Kusanagi. Enfréntate a tu pasado y acepta tu futuro. Sólo tienes que darte la vuelta. Si no lo haces no sólo serás un cobarde, sino que seguirás siendo el niño inocente que aún cree en los cuentos de hadas.

Saisyu giró sobre su eje muy lentamente. Su mirada rehuyó la pequeña figura agazapada que se encontraba frente a él. El descarnado cuerpo de Hiroki se arrugaba sobre un brillante bastón negro. Estaba consumido y decrépito. Saisyu le vio infinitamente pequeño, como un muñeco destartalado. Antaño su contrincante había sido de su misma estatura y bastante más ancho de hombros. No reconocía a aquella figura de arcilla retorcida. No quería reconocerla

-Cuando éramos jóvenes -masculló Yagami, con voz triste-, tu mirada no se atrevía a rehuir la mía. Procurabas no apartar nunca tus ojos de los míos. Mírame a los ojos, Kusanagi. Mis ojos son lo único de mi  cuerpo que no ha envejecido.

Saisyu tragó saliva y contempló aquel rostro decrépito. Los lacios cabellos canos que lamían el rostro, la piel acartonada y gris, salpicada de mil manchas como humedad y lepisma sobre pergamino viejo. Arrugas. Mil arrugas profundas como cuevas. Arrugas de odio, de felicidad, de tristeza, de risa. Era como si aquel rostro hubiera vivido tantas emociones y tantas veces que ya se negara a adoptar la inexperta perfección de una tez suave y tersa..

-Me muero.

Saisyu sintió aquellas palabra como una descarga eléctrica. No, la ignorancia de nada servía. Hacía años que se juró no volver a verlo, olvidarle. Pensaba que no verle , bastaría. No ver como su enemigo se desconchaba como un muro viejo. Podredumbre, descomposición, muerte. Si no le veía corromperse, sucumbir, no existiría el miedo.

Ya hora pensaba... ¿qué habría hecho, si llegado el día, un enviado de los Yagami me comunica que Hiroki ha muerto? ¿Qué le habrías dicho? Habrías preguntado: ¿De qué murió? Y él te habría respondido “De viejo”. ¿Y qué habrías hecho? ¿Qué?

Pero aún está vivo, ante él, mirándole que aquellos profundos ojos azules como sus llamas, profundamente cálidos y cargados en odio. Profundamente jóvenes y ansiosos por seguir viviendo. Unos ojos rodeados de putrefacción y carne deleznable. ¿De qué servirán unos ojos tan jóvenes en un cuerpo que muere?

Entonces Hiroki avanzó un lento y renqueante paso ayudándose con su bastón.

Sssss... fhh, TOC

Y Kusanagi reculó, lleno de terror.

No quiero que me alcance, dios mío, no quiero que llegue, no quiero que me toque, no quiero que me macule, que me envilezca, oh dios, que me manche, que me corrompa que me pervierta que me ensucie... no quiero...

-¡Aléjate!

Yagami simplemente se hundió un poco más en su cansina carcasa de piel y huesos, menguando como un insecto.

Aléjate... ninguna otra palabra le habría podido hacer más daño.

Entre el amor, entre el odio. Se dice que sólo hay un paso. Aquel paso. Y Kusanagi se negaba a cerrar el círculo, dejándole en la tierra de nadie, entre el Amor y el Odio. Justo entre ambos extremos, descubriendo que entre ambos polos se encuentra la Ignorancia. Abandonado, solo, perdido, insultado.

-Ha sido casi un placer volver a verte, Kusanagi -dijo Hiroki, cumpliendo las exigencias de su enemigo y alejándose por el pasillo-. Después de quince años has cambiado mucho -sin volver la vista atrás, alzó el tono hasta que sus palabras retumbaron como un eco tétrico por todo el pasillo-. Estás más viejo.

 

 

Odio, amor. Estúpidas palabras que significan lo mismo:  Pasión. Ninguno de los dos existe, sólo es pasión descontrolada. Cuando el tiempo lo enfría, cuando pasan muchos años sin echar leña al fuego, la pasión se extingue.

Lo sé, lo he vivido. Pensé que odiaba, pensé que amaba, pensé que sentía ambas cosas.

Pero no, Kusanagi. Tras enfriar la pasión con los años y la calma, tras el odio sólo quedó desprecio; y tras el amor, apenas un rastro de aprecio. Y yo quisiera saber cómo puedo sentir ambas cosas por la misma persona. ¿Cómo? Dímelo tú si lo sabes.

Aquí tumbado, muero poco a poco. El revolotear incesante de los enfermeros a mi alrededor me crispa los nervios. Cierro los ojos y no les escucho... mi oído ya no es lo mismo que antes. Sólo percibo las aspiraciones profundas y sibilantes de la máquina de oxígeno. Nunca notaré volver la vida, siempre se marcha.

A todos nos ocurre.

Pero sé que tú estarás allí el día de mi funeral, preguntándote por qué mi ultima voluntad fue ser enterrado en un féretro con techo de cristal. Te lo diré Kusanagi, porque lo hice por ti. Sabía que no podrías evitar despedirme, esperando no tener que verme. Pero ahí estaré, con los ojos cerrados y maquillado como un durmiente. Sólo para tus ojos. Para que veas que he sido anciano, que tú también serás anciano, que todos moriremos, que nos corrompemos a cada paso, antes o después.

¿Quién inventó aquel pacto inamovible y estúpido que obliga a permanecer unidos hasta la muerte? Esas bodas cristianas son antinaturales. Amor, odio... si la pasión se acaba, ¿cómo nadie puede soportar tener a su lado a una persona que se corrompe y muerte, cómo puede aguantar nadie ver como envejeces?

¿Obligarías a la persona que amas a sufrir viéndote morir, enfermo, antinatural y corrupto?

¿Eso es amor? ¿Es odio?

En la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad. Hasta que la muerte nos separe...

Hasta que la muerte nos separe.

 

 

Eres un espectro, un fantasma. Eres el amigo íntimo de la infancia con el que te encuentras treinta años más tarde, Yagami. Tras las preguntas de rigor, tras la banal cortesía fría y calculada. “¿Y a qué te dedicas? ¿Me tienes miedo? ¿Y qué tal tu familia? Eres un cobarde. ¿Sigues viviendo en el barrio? ¿estás huyendo de mi?

Oh, Yagami... eres ese amigo con el que ya no tengo nada en común.

Un espejo que me recuerda mi propio fracaso, que el tiempo pasa, que mi vida no tiene sentido. Cuando éramos pequeños... cuando éramos más jóvenes... entonces parecía que todo estaba bien. Luchábamos, nos medíamos. Aquello era lo que debíamos hacer. Vencer a los Yagami, esa era la meta.

Mi padre me crió para matarte, pero nunca me explicó qué debía hacer de mi vida  si dejabas de ser mi enemigo. Y me encontré casado, con un hijo, sin un rival, con un pasado inútil, con un futuro incierto. Y no he hecho nada, Yagami.

No sirvo para nada más que para enfrentarte. Siempre ha sido lo único que he sabido hacer.

¿Miedo? ¿Miedo a ver tu prematura senectud? Oh, sí. Siento un terror espantoso ante la muerte. Tú siempre la afrontaste como una alternativa. La alternativa a vencer: morir. También es para ti la alternativa obligatoria a una larga vida. Sé que tu aspecto anciano no te hace más sabio.

Pero te hace más valiente.

Me aterroriza la muerte, pero a ti siempre pareció fascinarte. Hablabas de ella como un viaje de ida. Recuerdo tu frase, aquella plática sardónica al final de cada encuentro cuando vencías. Tu hijo señala la luna y ruega que se le recuerde. Tú encendías tus llamas: Cuando te mate, muy pronto te buscaré en el infierno, Kusanagi, donde las llamas son azules.

Años después, casado, con Kyo en la escuela, maduro... cuando leí a Dante, cada matiz de su averno  se me antojaba reluciendo con tonos púrpura y cian. Retablos de El Bosco, pinturas barrocas... los colores siempre estaban equivocados. Para mi Lucifer viste de negro y añil, y sus ojos son como los tuyos: profundos, insondables, zarcos.

Temo a la muerte, sí. Pero no por ser el fin de la vida. Son otros motivos los que me mueven. Es el miedo a no estar a la altura, el no haber sido lo suficientemente malvado como para arder en las calderas. Si voy al cielo, jamás te encontraré de nuevo, Yagami.

Y me pregunto...

¿De qué color serán para mi las nubes del paraíso?

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