Título: Tras la Lucha
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, lemon, Iori x Kyo, Kyo x Beni,

Capitulo 9: Tras el Valor


             Kyo se dejó caer sobre la cama cuan largo era. Contempló el techo durante un instante eterno. Posó una mano sobre sus labios, recordando el cálido tacto de la boca de Yagami.

¿Cómo demonios te has atrevido a besarle? Era extraño, pero no era capaz de saber si se odiaba a si mismo, se sentía orgulloso de su rebeldía o estaba profundamente atemorizado por la reacción del pelirrojo.

Más bien era una mezcla de todo aquello.

Su sabor... a canela, madera y tierra húmeda...

Kyo se lamió los labios, recordando aquel aroma.

Sabía que la próxima vez que se cruzara con Yagami, lo más probable es que le torturara hasta la muerte. No se había atrevido siquiera a recoger sus cosas de la taquilla. Había subido a la habitación envuelto en aquella toalla... Y no había mirado atrás ni un momento, convencido de que le seguía, de que en cualquier momento se le echaría encima y le estrangularía.

Le había llamado perra... ¿De dónde había sacado el valor? Ahora le parecía una imprudencia... ¡Pero consiguió demostrarle que no podía ser dominado! Aunque...

Kyo se abrazó su propio cuerpo, sintiendo un escalofrío al recordar lo cerca que habían estado. Piel contra piel. Había acariciado el pecho desnudo de su enemigo y... se habría quedado una eternidad recorriendo aquellos músculos marcados, acariciando la suave piel del pelirrojo. Casi perdió la compostura cuando sintió la sensible piel de sus pezones erguirse al contacto con sus dedos.

Pero le apartó, y estaba orgulloso. Sólo por ver aquella expresión en Yagami, valdría la pena que cuando se volvieran a encontrar, le arrancara la piel a tiras.  Sus ojos rojos perdidos en la sorpresa, sus labios brillantes pidiendo más piel para degustar.

Ver a Iori excitado por él, era lo más placentero que había presenciado en su vida.

Sus manos comenzaron a acariciar su propio cuerpo, desanudando la toalla que cubría sus caderas. Rozó su miembro con suavidad, notándolo de nuevo erguido y dispuesto. Sonrió para sí mismo.

Oh, Kyo... pareces un adolescente... ¿Hace cuánto no necesitabas hacerlo tan seguido?

Comenzó a acariciarse mientras pensaba en los labios de Iori recorriendo su cuello.

¿Qué ha ocurrido con Él en las últimas horas? ¿Por qué se comporta así conmigo? Yagami jamás dió muestras de desearme de ninguna manera, salvo muerto.

Pronto sus pensamientos comenzaron a ser inconexos y aleatorios, cada vez más caóticos y sensuales. Gemidos contenidos se ahogaban en su garganta entrecortadamente.

Cuando escuchó el ruido del portazo, dio un bote confundido y abochornado. Su cabeza apenas era capaz de imaginar quién y cómo había logrado entrar sin llamar en la puerta. La neblina de la excitación aún le hacía ver en rojo cuando se percató de quien era el que se le acercaba rápidamente.

No tuvo tiempo de reaccionar. Yagami se arrodilló sobre la cama, pasando una pierna a cada lado de Kyo. Se acomodó deliberadamente sobre la erecta hombría del moreno.

-Estabas pensando en mi, Kusanagi -susurró, y no fue una pregunta, sino una afirmación categórica

Kyo vio al pelirrojo a horcajadas sobre su pecho y comenzó a temblar espasmódicamente. La mirada de odio de Yagami demostraba su teoría de que iba a matarlo en cualquier momento. No hizo nada por evitarlo y, aunque hubiera querido, su enemigo ya tenía inmovilizadas sus muñecas con una sola mano.

Buscaba palabras, quería decir algo, gritar que se detuviera, que le dejara. Sin embargo, no pudo hacer nada. Sabía que debía estar lívido como la cera, lo sabía por la expresión satisfecha en el rostro de Yagami.

Le gusta verme asustado. Le gusta tenerme indefenso.

Yagami se apresuró a desatar la correa de sus piernas y anudarla en torno a sus muñecas y al cabecero de la cama. Luego se enderezó sobre su cuerpo, contemplándole  con aquellos ojos ardientes mezcla de furia y deseo.

Aquel cuerpo pálido entre sus piernas hacía rato que era demasiado turbador para sus sentidos. La simple respiración entrecortada del muchacho moreno eran suficiente como para que Iori se perdiera en fantasías. Imaginaba ese cuerpo languideciendo entre sus dedos, retorciéndose incontroladamente por sus caricias. Quería hacerle convulsionarse en los  temblores de placer anteriores al éxtasis.

Quería hacerle gritar, que le pidiera más, que alcanzara cotas de placer tan altas que apenas las diferenciara del orgasmo. Deseaba causarle dolor, y que a él le gustara.

Sumiso, descontrolado, indefenso, deshecho en gemidos.

Hacerle gritar hasta que le estallaran los pulmones, verle retorcerse como una gata en celo. Deseaba aquel cuerpo. E iba a hacerle pagar su osadía en las duchas. Nadie humilla a un Yagami, nadie le somete. Nadie le da la espalda y le deja a la mitad de un beso.

-Vas a pedirme perdón, Kusanagi -susurró con su tono más sensual. Mientras mordía con fuerza el lóbulo de la oreja del moreno-. Vas a suplicar que te perdone. Y cuando lo haga, te aseguro que vas a desear que siga dañándote.

Kyo tembló ante aquellas palabras. Realmente... en el fondo sabía que algo así ocurriría. ¿Por qué te mientes, Kyo? Iori se iba a cobrar su venganza multiplicando por diez lo que él le había hecho. Lo sabía. Sumiso, indefenso... ¿Por qué te mientes? Estás deseando que te someta, que haga que te descontroles... lo deseabas en las duchas al tomar su boca. Y en el pasillo no temías que te siguiera... querías que lo hiciera. No te engañes, deseabas que te devolviera lo que tú le habías dado.

Iori deslizó sus manos por el pecho desnudo de Kusanagi. Sus uñas arañaron la blanca piel dejando rastros rojizos paralelos. El pelirrojo sonrió cínicamente al contemplar la expresión de dolor en el rostro de su enemigo.

-No te quejes, Kusanagi -murmuró, con un tono insinuante y grabe-. Sé que te gusta que te toque... de cualquier manera. ¿Verdad? Te gusta que te golpee cuando peleamos. Esto... - dijo, mientras pellizcaba uno de los pezones del moreno dolorosamente. Kyo gimió levemente-. Esto en realidad te gusta. Es una caricia en comparación con lo que suelo darte. ¿O prefieres que sea más brusco? ¿Eso te excitaría más? Podría golpearte hasta que perdieras el sentido...

Las manos de Iori acariciaron el cuello del moreno, posándose en las marcas que aquellos mismos dedos habían dejado horas antes. Kyo se estremeció de lujuria al recordar  aquel sueño tan real, tan intenso. Aquellas fuertes manos comenzaron apretar dejándolo sin aire. Entre el terror y el placer, descubrió a su cuerpo moviéndose rítmicamente, frotándose de manera involuntaria contra el pelirrojo.

-...Podría seguir apretando... -susurró Iori, enloqueciendo de deseo ante los movimientos del otro muchacho-. Podría seguir hasta que perdieras el conocimiento... ahhhh... siiií... y tener tu cuerpo inerte sólo para mi... para hacerte lo que quisiera... mhhh... A mi completa disposición para tomarte como me plazca... aaaahhh...

Sus manos, su cuerpo, el contacto con su piel, su aroma, el dolor, la falta de aire... nada era comparable con la profunda y entrecortada voz de Yagami.  Sus palabras hacían que mil descargas de placer recorrieran la espalda de Kyo. Aquel era el mayor afrodisíaco que jamás hubiera existido. Cada vez que una palabra salía de su boca, sentía  la necesidad de gritar, de gemir, de pedirle -rogarle- que siguiera humillándolo de ese modo...

Sin embargo no podía chillar su nombre. Para hacerlo el pelirrojo tendría que quitar sus manos... y Kyo no soportaba la idea de que parara.

Entonces retiró los largos dedos de su cuello.

Iori contempló el rostro del moreno encantado con su reacción. Aquellos acuosos ojos castaños le contemplaban con una mezcla de anhelo, sorpresa, confusión y enfado. Con sólo sus ojos, Kyo le pedía que siguiera apretando. Pero no dijo una palabra, no se atrevió a pedirle nada.

-Nene... -dijo el pelirrojo, apoyando sus manos a ambos lados del rostro del Kusanagi. Una sonrisa cínica curvó sus labios-. Me encanta que me mires así, créeme... pero aún tenemos mucho tiempo. No voy a permitir que termines tan rápido como anoche.

Sus palabras impactaron a Kusanagi tanto como había esperado. Abrió los ojos sin comprender.

-¿Qué... qué quieres dec...  Ahhh  mhhhhh...

Fue incapaz de terminar la frase al sentir la boca de su enemigo cernirse sobre uno de sus pezones. Gimió al notar su lengua cálida y hábil rozando apenas aquel botón, sus labios húmedos succionaron con fuerza hasta que la piel se puso firme y turgente. Gritó cuando los dientes del pelirrojo mordieron la carne con saña, causándole un dolor tan intenso que le cortó la respiración.

El cuerpo del moreno se contrajo al mismo tiempo que gritaba. Iori disfrutó aquella reacción y respondió  al quejido de Kyo mordiendo con más fuerza. Es sabor metálico de la sangre invadió su boca y fue una explosión de deleite para sus sentidos. Aquel gusto intenso le estaba haciendo enloquecer de pasión. Siguió lamiendo y torturando aquel punto tan erógeno, sabiendo que muy pronto Kyo dejaría de sollozar de dolor para hacerlo de placer. Se iría acostumbrando poco a poco, y el lacerante sufrimiento que había sentido al principio le parecería una caricia demasiado suave.

Sin apartar la boca del pecho de Kyo, Iori contemplaba aquel rostro contraído. Era absolutamente embriagante tener a aquel joven perfecto a su merced, sólo para él. El moreno mordía su labio inferior para no gritar... aquellos labios hinchados y húmedos intentaban contener el sonido de su pasión.

Iori llevó una mano al rostro de Kusanagi e introdujo un dedo en su boca. Quería oir sus gemidos, escuchar sus jadeos subir y bajar de intensidad según el ritmo que él le imprimiera a sus caricias.

Sin pararse a pensar qué hacía, Kyo comenzó a lamer aquel dedo con fuerza, de la punta hasta el nudillo y otra vez hasta la yema.

El pelirrojo  apartó la boca del pecho de su enemigo, sus ojos fijos en  aquellos labios que succionaban su dedo. Se irguió lentamente, sin perder detalle. No podía dejar de contemplar a aquel chico maniatado completamente entregado. Tenía una expresión de éxtasis en su rostro cada vez que su índice desaparecía en su interior. Iori estaba sintiendo aquel contacto directamente en su entrepierna, como si realmente su boca estuviera rodeando su miembro.

-Estás muy caliente, Kusanagi...mmhhh... apuesto a que darías tu alma por que ese dedo fuera otra parte de mi cuerpo...

Kyo se le observó sesgadamente y detuvo su labor.

-Tú también darías tu alma porque lo fuera...

Iori sonrió con lujuria y se puso en pie junto a la cama. El moreno le contemplaba con expectación sin poder evitar retorcerse de placer ante la mirada escrutadora del pelirrojo que grababa en su mente cana milímetro de la desnudez de Kyo.

Poco a poco fue desabrochando su chaqueta y camisa, luego se quitó las botas y dejó caer los pantalones. Kusanagi contemplaba aquel espectáculo en éxtasis, deseando que hubieran sido sus propias manos las que liberaran aquel cuerpo perfecto de sus ropas.

Iori sabía que verle desnudarse estaba llevando a Kyo al borde de la locura. Su cuerpo se retorcía incómodo, intentando vanamente encontrar algo contra lo que apretar su miembro. Su boca estaba entreabierta y sus ojos no se perdían un sólo movimiento.

Finalmente, el pelirrojo se quitó los bóxers, quedando completamente desnudo. Un gemido quejumbroso escapó de la boca de Kyo. Iori decidió torturarle un poco más y dejarle a la expectativa. Comenzó a doblar concienzudamente su ropa sobre la silla. Lentamente, demasiado lentamente para el desesperado moreno.

Kyo no podía más. Necesitaba aquel cuerpo sobre el suyo. Lo necesitaba con tanta fuerza que dolía. Temblaba de anticipación mientras odiaba al pelirrojo por estar haciéndole esperar innecesariamente... ya suficiente tortura era no poder tocarle con sus propias manos, como para encima obligarle a aguardar... no podía... necesitaba a Yagami. Le hiciera lo que le hiciera, aunque le golpeara o arañara... necesitaba su contacto... sentir su piel cálida y perfecta contra la suya propia..

-Ven aquí... Iori... -gimió desesperado.

El pelirrojo le dedicó una mirada desafiante.

-No me pierdas el respeto, Kusanagi -dijo, y su voz fue dura como una piedra. Kyo le contemplaba con tanta necesidad...-. Llámame Yagami, no te permito utilizar mi nombre. Y ahora...-susurró, acercándose a la cama pero sin llegar a tocar a Kyo-. Quiero que me digas qué es lo que deseas, mirándome a los ojos.

Kyo contempló aquella impresionante figura desnuda y perfecta. El cuerpo del pelirrojo era la estatua de mármol de un dios griego. Prometía el tacto de la cerámica caliente, la  delicada suavidad de la orquídea, la firmeza de la fruta madura. Prometía tanto que Kyo desesperaba mirándole, se sentía morir de frustración por no tenerle...

-Oh, dios... te deseo a ti... -murmuró Kyo en un tono tan grave y lascivo que hizo que a Iori se le erizara el pelo de la nuca-. Ven aquí, Yagami... por lo que más quieras... Ven...

-¿Me estás dando una orden, Kusanagi? -preguntó el pelirrojo con voz fría, pese a que estaba utilizando toda su fuerza de voluntad para no cumplir los deseos del moreno.

Kyo se limitó a mirarle de arriba a abajo sin ocultar su lujuria.

-No te lo ordeno... sólo te lo ruego -dijo en un susurro apenas audible. Aquella actitud de Yagami estaba haciéndole perder los nervios... Sabía que el pelirrojo disfrutaba viendo su desesperación, pero no aguantaba más-. Si al menos tuviera una mano libre, no necesitaría rogarte nada, podría hacerlo yo mismo... sólo me basta mirarte...

-Eres más depravado de lo que imaginaba, Kusanagi. Sería un bonito espectáculo el ver cómo te masturbas...

Iori se sentó al borde de la cama, apenas rozando el cuerpo de su enemigo. Aquel leve contacto hizo que Kusanagi se estremeciera de nuevo hasta la médula. Intentó acercarse todo lo que pudo, pero apenas podía tocar aquel cuerpo tan deseado.

Yagami miró al otro muchacho, sonriendo con malevolencia. Verle tan desesperado le hacía sentir poderoso. Kusanagi era como una muñeca entre sus dedos. Dirigió su mano hacia su propio miembro, rozándolo apenas con la yema de los dedos.

Kyo contempló sus movimiento y tragó saliva. No... no lo aguantaba... ver a Iori acariciándose así, sin piedad, sin recompensarle lo más mínimo. Era más de lo que podía soportar. Se obligó a girar la cabeza hacia el otro lado. No quería verlo.

-Mírame, Kusanagi -ordenó Iori, pero Kyo siguió con la cabeza vuelta-. He dicho que me mires.

Lo siguiente que Kyo sintió fue el envés de la mano de Yagami cruzándole la cara con fuerza en una sonora bofetada. El moreno gimió con deleite... al menos aquello era un contacto directo.

-¿Quieres que te toque, Kusanagi? ¿Estás seguro? Ten cuidado con lo que deseas... -sentenció el pelirrojo, tumbándose sobre el otro muchacho; apretándose contra su piel lúbrica.

-¡¡¡AAAAHHH... MHHHH!!!!

El gemido de Kyo fue tan fuerte que Iori podría jurar que lo habrían oído dos pisos más abajo. Entonces la lujuria le llenó por dentro, piel contra piel, cuerpo contra cuerpo. Iori fue incapaz de pensar fríamente en su próximo movimiento...sólo hacía lo que su cuerpo dictaba. Frotarse contra el moreno, recorrer cada milímetro con sus manos. Morder,  besar, pellizcar y apretar. Jadear y gemir.

-Ohhh... más... Yagami... ¡MÁS!

Su boca cubrió el miembro del moreno. Iori succionó el glande, oprimiéndolo contra el paladar. Los gritos de Kyo eran absolutamente excitantes, destrozándole los tímpanos cada vez que su boca lo devoraba hasta el pubis.

-Por... aaahhh... por favor... mmmhhh... más fuerte... ¡Más rápido!...

Pese a los ruegos, Iori no incrementó la velocidad de sus movimietos. Sus dedos comenzaron a explorar entre aquellas piernas, masajeando los testículos con exquisita rudeza, acariciando aquella entrada que reaccionaba cerrándose con espasmos, oprimiendo el perineo hasta casi llevarlo al clímax.

-Ohhhh... ¡Yagami...! mmmhhh... vas a hacer que me... aaaaahhhh...

Iori se detuvo de golpe, apartando el rostro de su entrepierna.

-Ni se te ocurra, Kusanagi. No en mi boca.

Kyo le contempló sin entender por qué había parado... Aunque ya no estaba allí, su cuerpo seguía moviéndose al ritmo de los labios del pelirrojo. Una dolorosa frustración lo llenaba por dentro. Había estado tan cerca... un segundo... acaso dos... un instante más en la boca de Yagami y habría estallado sin control. No... no podía comprenderlo.

-Ahhh... ¿por qué...?  Oh, dios, Yagami... ¡joder...! estaba a punto de... ¡No vuelvas a cortarme así, bastardo!

Iori acalló sus quejas volviéndole el rostro de un puñetazo. Kyo pudo sentir como su anillo abría una herida en su pómulo.

-No me pierdas el respeto, perra -murmuró entre dientes el pelirrojo, lleno de furia-. No vuelvas a alzarme la voz, y ni se te ocurra exigirme nada. Yo no soy como ese jardinero al que te follas cuando te da la gana, o como el rubito andrógino... Te aseguro que no me voy a quedar quieto si me lo ordenas.

 Kyo abrió la boca para decir algo, pero el pelirrojo se le adelantó.

-Separa las piernas. Ahora.

Cualquier queja que pudiera tener, se diluyó en el torrente de calor que recorrió su cuerpo. La mera idea de ser poseído por Yagami volvió a llevar a Kusanagi al borde del frenesí. Sin pensarlo siquiera, obedeció aquella orden con anhelante deseo. Flexionó las rodillas y combó la espalda.

-Así me gusta... -susurró Iori, complacido. El moreno no tenía ni idea de lo difícil que le estaba resultando parecer tan frío. Se acomodó de rodillas entre las piernas de aquel muchacho sumiso-. Ya sé que no eres virgen, Kusanagi. De todas formas, haré todo lo posible para que te duela tanto como la primera vez. 

Iori tomó a su enemigo por las caderas, frotando su hombría contra la entrada del moreno sin llegar a traspasarla. La espalda de Kusanagi se tensó como la cuerda de un arco, se retorció e intentó apretarse ansiosamente contra aquella cálida dureza. Su cuerpo requería ser penetrado con urgencia. Sin embargo, el pelirrojo le estaba volviendo a hacer sufrir, torturándolo con tiempo, con preciosos segundos que exasperaban a Kyo. Frotaba su miembro lentamente, sin borrar de su rostro una sonrisa maquiavélica ante el morboso anhelo de Kusanagi.

Sólo unos centímetros, un empujón y estaría dentro. Pero no podía, sus manos atadas ya no daban más de sí. Si hubiera estado libre... ¡Oh, Señor! Habría sido él el que estaría moviéndose contra el pelirrojo, marcando el ritmo del coito.

-Mhh... mhh... aaaahhh... no me hagas esto... aahhh... Lo necesito... mmmhhh... te lo suplico... Yagami... mhhh... aaahhh... Métemela... con fuerza... mmmhh

Esta vez Yagami decidió cumplir las exigencias del moreno, ya por verle absolutamente desesperado, ya por estarlo él mismo. Colocó su miembro en aquella prieta entrada.

-Mmmhh... Esto va a hacerte daño, Kusanagi...

-Eso... aaahhh... eso espero... –jadeó. Aquellas palabras hicieron que Iori se estremeciera.

Podía sentir en su glande como los músculos  de la entrada de Kyo se contraían y relajaban arrítmicamente ante la idea de ser penetrado. Aquellos movimientos involuntarios le hicieron desear a Kusanagi con más pasión que nunca, de un modo irracional y enfermizo. Sujetando con fuerza las caderas del otro chico,  envistió con dureza  hasta el fondo, de un sólo golpe de pelvis.

-¡¡¡¡¡AAAAAAAHHHHHH!!!!! ¡Oh Dios! -chilló Kyo, al sentir cómo su cuerpo se desgarraba por dentro-.  ¡¡¡Aaaahhh!!!

Iori también gimió ruidosamente. Penetrar a Kusanagi de aquel modo también le había dolido, pero no podía dejar de moverse. Ignoró los gritos del moreno, sus lágrimas y sus quejidos. Todo aquello pasaría pronto. Las paredes del interior de Kyo comenzaban a convulsionarse deliciosamente, humedeciéndose con su propia sangre, lubricándolo. Aquel pasaje cálido, el rostro congestionado de Kusanagi, el olor del sexo... todo era como una droga embriagante.

Kyo estaba en el éxtasis más absoluto. Cada vez que Yagami tocaba aquel punto oculto en su interior, sentía el goce más intenso de su vida. No... no le había importado el dolor... era necesario, era imprescindible... no podía concebir a Yagami sin la idea del sufrimiento y del placer. Todo era uno. Sin dolor no había Yagami... era lo que quería, deseaba y esperaba... todo lo que esperaba...

En cada envestida se sentía llegar al cielo, caer al infierno. Calor... tanto calor... Y los gemidos de Iori... gemidos que él estaba provocando. Y no eran por los golpes como en las peleas... eran de placer. Sus dedos clavándose en sus caderas. Y una, otra, otra vez... su miembro llegando a aquel lugar que le llevaba al cielo, o al infierno... o a donde Yagami dijese... lo que él quisiera, lo que le pidiera.... todo estaba bien si Él lo decía... su aliento, sus jadeos mezclados con palabras... sabía que sus propios labios estaban pronunciando palabras inconexas, pidiendo más, imprimiendo ritmo... más rápido, Yagami... más fuerte... así... justo así.... más... oh, sí... más adentro... me enloqueces, Yagami. Me apasionas. Estaba en el séptimo cielo, o en el infierno... o en cualquier lugar, pero estaba... y estaba con Yagami... profundo... brutal y profundo...  y... oh, Dios... Dios... ¡Dios!...  oh, Yagami...

-¡¡¡¡¡AAAAAAAHHHHHHHHHHH!!!!!!!

-¡¡¡¡MMMMHHHHHHHHH!!!

Iori se dejó caer sin aliento sobre el pecho del moreno. Podía sentir entre sus cuerpos desnudos la humedad de Kusanagi, que aún gemía suavemente intentando recuperarse de lo que había sido el clímax más intenso de su vida. Yagami se tomó unos instantes para calmarse y luego examinó el rostro del otro luchador. Su piel sonrojada y brillante, sus labios entreabiertos que dejaban escapar pequeños jadeos intentando recuperar el aliento, lo párpados cerrados y el ceño ligeramente fruncido. Nunca había visto nada tan magnífico como aquel rostro llegando al auge... era desgarradoramente bello... como un ángel caído.

Iori se acercó a aquel rostro y posó los labios sobre el pómulo del muchacho. Kyo pareció despertar de un sueño y dio un respingo, pero se quedó quieto. Yagami degustó la herida que le había hecho con su anillo. Recorrió con la lengua el hilo de sangre, como un gatito que lame leche. Aquel sabor de Kyo le resultaba más grato que el mejor de los vinos, más intenso que el mejor de los perfumes.

Luego se puso en pie y comenzó a vestirse ante la mirada expectante del moreno. No le devolvió el escrutinio ni un solo instante. Luego se dirigió hacia la puerta de su habitación

-Ya... Yagami... –susuró Kyo-. Desátame...

-Hazlo tu sólo, Kusanagi. La lazada está al alcance de tu mano.

Kyo quedó en silencio.

-Si te hubieras intentado liberar, lo habrías notado –dijo el pelirrojo mientras cruzaba la puerta-. Por cierto. Esto no volverá a repetirse, Kusanagi. Nunca.

Y salió de la habitación pegando un portazo.

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