Título: Tras la Lucha
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, lemon, Iori x Kyo, Kyo x Beni,

Capitulo 6: Tras el Palco


Yagami-sama se marchó sin prestar el más mínimo interés al combate de su hijo con Goro. Sólo vencer a los Kusanagi tenía importancia. Ahora esta labor recaía sobre los hombros de su hijo Iori.

            Y al parecer  tampoco él la llevaría a cavo.

            Apretó los dientes con furia hasta que le dolieron las mandíbulas. Generación tras generación, año tras año, siglo tras siglo... En seiscientos años ningún Yagami había conseguido erradicar a los Kusanagi de la faz de la tierra.  Los escasos descendientes de los Yata mantenían sus propias opiniones respecto a la maldición de Orochi y los ases que un demonio se guarda en la manga al hacer un pacto con mortales.

            Pero no fue Hiroki quien firmó ese pacto. Aún así se veía atado de manos y piernas a la sangre de sus ancestros. Según crecía, fue conociendo la historia de su clan: Traiciones, guerras, mentiras, amores, engaños... siempre había una excusa para que ningún Yagami pudiera terminar con su espina, su cruz, su Kusanagi.

            Cualquiera que fuera el motivo, una cosa era cierta: Todo Yagami odiaba al clan Kusanagi. Por desgracias no todo Yagami odiaba a su propio Kusanagi... Debía ser la Sangre, debía ser Orochi, debía ser esa nota a pie de página y en letra pequeña de cualquier contrato.

            Algo... algo...

            Saisyu. Un nombre que con sólo recordar le traía el más doloroso recuerdo y el mas puro odio. Saisyu, su propio Kusanagi. Cuando luchaba contra él no existía nada más. Sólo sabía que sufría cada vez que peleaba con él, pero no era capaz de dejar de retarle.

            Sí... se sintió tan decepcionado al ver que su propio hijo seguía sus pasos... Él nunca se hartó de repetirse una y otra vez que tan sólo le vigilaba...

            Cuando era más joven culpaba a su madre por su carácter débil. Hiroki no conoció a su padre, y desde el principio de sus recuerdo, él siempre había vivido rodeado de mujeres. Su madre Koi era la menor de siete hermanas, la última criatura que el inútil vientre de su abuela dio a luz. Murió en el parto sin haber concebido hijo varón, lo cual sólo trajo la vergüenza  a la familia y a su abuelo las ácidas burlas del clan Kusanagi., que se cuestionaban su hombría y su capacidad de “mando” sobre el clan y sobre su esposa.

            El caso es que su abuelo murió joven, sino inequívoco de su condición de Yagami, y dejó siete únicas hijas. Koi era la menor, y por tanto la última descendiente Yagami encargada de vengar a su clan y terminar con los Kusanagi.

            Que él supiera, Koi honró su tradición quedando embarazada lo antes posible. Ella jamás le habló de su padre y nunca mencionó si en alguna ocasión se había enfrentado a Aoki Kusanagi, el abuelo de Kyo.

            Así que Hiroki había crecido rodeado de mujeres, cada una encargada de una parte de su aprendizaje y entrenamiento. Su madre fue una estupenda maestra y le enseñó todo sobre el poder de Orochi y el dominio de las llamas púrpuras. Sus ojos... nunca brillaron, siempre fueron opacos, como empañados por una tristeza infinita. Pocas veces la vio sonreír, y siempre era una curva cansina y sin alegría, eternamente perdida.

            Pero Hiroki de ningún modo perdonó a su madre por haberle negado una figura paterna. De joven siempre la culpó por su incapacidad para matar a Saisyu. Le echaba en cara haberse criado entre mujeres, siempre demasiado pasionales e impresionables. Mujeres incapaces de enseñarle lo que era de verdad el odio. La acusó de su exceso de escrúpulos, de su falta de frialdad, de sus pasiones y miedos, de sus fracasos.

            La condenó por sus propios sentimientos.

            Cuando con diecisiete años su madre lo prometió con una prima tercera de su propio clan, Hiroki armó en cólera, jurando que no deseaba otra mujer en su vida. Las palabras que le espetó a Koi fueron las más duras que un hijo puede decirle a su madre.

            Ella sólo sonrió con ese hastío vital en su mirada opaca. Luego dijo muy bajito:

            -Hijo mío, ante todo eres un Yagami. Sólo se te piden dos cosas en la vida: La primera es que tienes que matar a Saisyu y en caso de que falles, la segunda es que tienes que dejar un descendiente que vengue el honor de nuestra familia. Tu y yo sabemos que no vas a matar a Kusanagi, así que afronta tu destino y palia tu incapacidad dándome un nieto, un varón al que instruirás como te plazca. Así podrás borrar con tus enseñanzas todos esos fallos de los que tan amargamente me haces responsable. Copula con esa mujer y luego haz con ella lo que te plazca, pero cumple al menos con esa parte de tu deber.

            Koi borró sus triste sonrisa. Hiroki recordaba que aquel día fue la primera vez que se dio cuenta de lo hermosa y fantasmal que resultaba su madre. Ella siguió hablando con aquel tono desprovisto de pasión.

            -No te pido que la ames, sé que no puedes. Cuando crezcas y dejes de luchar contra tus demonios, tengo la esperanza de que comiences a darte cuenta de todo aquello que ahora te niegas  ver. Tendrás un hijo al que educarás como al hombre que te hubiera gustado ser, igual que tú eres el hombre que a mi me hubiera gustado ser. Verás que tus enseñanzas no le harán más apto que a ti para matar a su Kusanagi. Por suerte, tendrás que aceptar esta verdad durante poco tiempo, porque te darás cuenta demasiado tarde, y morirás demasiado pronto. A veces agradezco a Orochi que nos haya otorgado una corta vida, porque ésta implica que pasamos menos tiempo torturándonos por nuestros propios demonios personales. Demonios mucho más devastadores que Orochi. Mi consejo es que te enfrentes de cara a tu destino, dejes la infructuosa tarea de matar a Kusanagi y crees a otro a quien cargar el peso del Pacto. Ten ese hijo por cobardía.

            -Puedes obligarme a casarme, pero jamás fornicaré con esa mujer -le había jurado Hiroki.

            -Lo harás, y no tendré que obligarte. Acuérdate de lo que te digo el día en el que Los Kusanagi de que Saisyu ya no es el último descendiente de su clan.

            No tuvo que esperar tanto.

            A la semana, uno de sus contactos dentro de la familia Kusanagi le dio la noticia. Saisyu se había casado con Shizu. No fue una boda convenida como la de Hiroki y Yoko, sino que el Kusanagi amaba a aquella muchacha desde hacía años.

            La furia se apoderó aquel día del Yagami. Un odio inexplicable que tan sólo le hacía pensar en por qué Saisyu podía encontrar el amor mientras que él debía dedicar su corta vida al odio. Deseó aparecer en la mansión de su enemigo en ese momento y retarle como presente en su noche de bodas.

Por el contrario, sintió tanto desprecio por Saisyu que, por un instante, deseo dejar de tener que enfrentarse a él. No quería volver a ver esos ojos cargados de resignación.

Él habría de casarse a la fuerza en el plazo de dos meses. ¿A qué esperar? Esa misma noche caminó por los pasillos de la mansión Yagami en dirección al ala norte. Sus pasos retumbaron por todo el piso, así como el portazo que dio al entrar en la alcoba de Yoko, su prometida. La muchacha no dijo nada. No gritó ni se quejó mientras la tomaba por la fuerza. Si algo admiró de esa mujer fue siempre su callada resignación.

No volvió a yacer con ella desde entonces. Ni con ella ni con ninguna otra. Nadie después de ella. Tampoco hubo nadie antes.

Aquellos que escucharon a través de las paredes de la casa o de la puerta abierta, nunca dijeron nada. Esa noche se borró sin más de la mente de Hiroki, como si jamás hubiera existido. Se casó con Yoko a los dos meses y en ningún momento sospechó de su embarazo. Luego no volvió a querer saben nada de la mujer, así que a ella y a Koi no les resultó muy difícil ocultarle la única consecuencia de sus actos: Iori.

Ya por aquel entonces su madre comenzaba a deslizarse hacia la muerte, lentamente como una vela deshinchada, su cuerpo perdía fuerzas, su rostro color y sus cabellos viveza. Estaba enferma y nadie podía hacer nada por salvarla. Los médicos de la familia llamaban al mal de los Yagami el Síndrome del Pacto. Sólo había una cosa que hacer: escoger tu féretro y esperar.

Aquellos más fuertes llegaban a los cuarenta y parecían ancianos decrépitos y consumidos. Su madre murió con treinta y tres, y era una mujer fuerte. Tuvo la suerte que muy pocos Yagami tienen: conocer a su propio nieto.

Se lo ocultaron durante casi un año, haciéndole pasar por el hijo de los criados. E hicieron bien, había admitido más tarde. Si se lo hubieran dicho nada más nacer, Hiroki lo habría matado con sus propias manos. Nadie le iba a robar el privilegio de ser el último descendiente. Saisyu era suyo, y no deseaba ceder su derecho a matarle a nadie.

Koi había sido muy inteligente al esconder al niño. También lo había sido al enviar el mismo día de su nacimiento una misiva oficial a los Kusanagi comunicándoles que Hiroki dejaba de ser el último descendiente de los Yagami y cedía ese puesto a Iori.

            Hiroki no supo nada de todo esto hasta pasados nueve meses. Un ninja del clan rival se presentó en la entrada de la mansión con una carta escrita por Saisyu de su puño y letra.

                     Yagami Hiroki:

Tras más de veinte años, pongo fin a esta infructuosa lucha que nos ha llevado al odio. Estoy harto de pelear y no llegar a nada. Me queda como consuelo que fuiste tú quien puso fin a todo esto primero.

No sé si te alegrará o no el echo de que hoy haya nacido mi hijo Kyo, cabeza de la familia Kusanagi desde este momento. La verdad es que no me importa lo que pienses, ahora sólo quiero descansar y dejar que sea él el que me sustente en la vejez y termine con vuestro clan.

Llámalo cobardía, pero tras enterarme del nacimiento de Iori no me encontraba con ganas de seguir perdiendo el tiempo esperando a que tu hijo tuviera edad para enfrentarse a mi. Ahora es el momento de dejar paso a la nueva sangre y ceder nuestro puesto a otras generaciones más jóvenes.

Ahora podremos al fin descansar. Yo libre, tú en paz.

Saisyu Kusanagi

 

            Y todo fue tan rápido... Su madre diciendo que tenía un hijo... las ansias de acabar con el bebé de los Kusanagi... el rojo de Riot enturbiando su mirada... su mujer gritando... lo fácil que fue terminar con Koi... la sonrisa, por una vez alegre, de sus ojos opacos... y el niño.

            El pequeño niño pelirrojo de ojos de fuego. Ese crío que le contemplaba embelesado y sorprendido. Había querido matarle para recuperar su derecho, pero no pudo. ¿Por qué no pudo matarlo? ¿Por qué...? se lo había preguntado tantas veces...

            Y siempre aparecía su pequeña carita de ojos rojizos y cabellos anaranjados... Era tan evidente y tan retorcido al mismo tiempo... No había podido matarle, no porque fuera su hijo, no por que fuera un niño.

No.

No le había matado porque cada vez que miraba a su hijo... cada vez que veía aquellos colores, el rojo de sus cabellos, las ascuas de sus ojos tan brutalmente intensos... le recordaban... le recordaban a las llamas de Saisyu.

            Al fuego escarlata de los Kusanagi.

    
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