Título: Tras la Lucha
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, lemon, Iori x Kyo, Kyo x Beni,

Capitulo 4: Tras la pasión


           El sonido de alguien llamando a la puerta sacó a Kyo de sus meditaciones. Rápidamente, se apresuró a adoptar una pose desafiante, esperando encontrar tras la puerta al inquilino de la habitación de al lado, dispuesto a quejarse de los golpes.

            En contra de sus predicciones, Benimaru le esperaba con una bandeja en las manos y una amplia sonrisa. Ya se había preparado para el torneo y lucía su ajustada camiseta y su cabello cardado. Apartando a Kyo a un lado, se introdujo en la habitación como si fuera su propia casa.

            -¿Sabes? Bajé un rato después a ver en qué condiciones se encontraba el comedor y ya te habías ido -dijo, mientras barría con un brazo todos los trastos de la mesa y depositaba la bandeja-. Me dijeron que te habías marchado después de Yagami, y como sé lo tontito que te pones después de pelear con él, pues me dije: “Beni, vete a buscarle, llévale algo comestible de desayunar, abre la puta boca y oblígale a que sonría”. Y después de discutir un rato conmigo mismo, finalmente me he hecho caso, aunque sigo un poco ofendido, que lo sepas. Aquí tienes una tostada. Ya sé que no son esas magníficas gachas radioactivas del comedor, pero espero que al menos ésta también brille en la oscuridad.

            Kyo sonrió tristemente mirando al rubio. Beni siempre estaba ahí para ayudar con sus sonrisa coqueta y su verborrea fácil. Era alguien en quien podía confiar. Habían empezado con mal pie, pero de un tiempo a esta parte, se habían convertido en grandes amigos.

            Aún recordaba la primera vez que le vio en un combate. Se quedó realmente prendado de aquella figura andrógina y elegante, de sus movimientos felinos y su mirada de profundo desprecio. Durante mucho tiempo no pudo comprender por qué le trataba con tanta brusquedad, hasta que un día ambos estallaron y él mismo se lo dijo.

            -Eres demasiado guapo, luchas demasiado bien, tienes demasiadas virtudes. Básicamente, eres demasiado bueno. Me eclipsas. Y me molesta que haya alguien tan asquerosamente perfecto y que no sea yo.

            -¿Y qué quieres que haga? -había dicho-. Si te vas a sentir mejor tú y tu ego, me marcharé a otro equipo.

            Beni, para su sorpresa, se había quedado en silencio. Al cavo de unos instantes contestó con la frase más corta que jamás le había escuchado.

            -No.

            Después de aquello su trato comenzó a ser más cordial y desde entonces nunca habían vuelto a hablar del tema.

            Ahora el rubio le señalaba una silla con un gesto líquido, imitando los ademanes de un camarero de postín.

            -Gracias, Beni -susurró, dedicándole una sonrisa agradecida y tomando asiento-. Oye, siento lo de antes, no quería decirte eso delante de todo el mundo. Perdóname.

            -Oh, lo comprendo. Tienes que hacerte el chico duro delante de Yagami. Además, puedes pisarme y humillarme todo lo que quieras... sabes que en el fondo me gusta -dijo, guiñándole un ojo y apoyando las manos en los hombros de su amigo-. Por cierto, te ves fatal. ¿Ha sido por el de la correa? ¿Te ha dicho algo?

            Kyo se tensó levemente recordando a Yagami. Aún podía sentir su aliento contra su piel y sus dedos acariciándole el cuello. Le quemaba el tacto de su cabello contra la mejilla y de pronto se sintió demasiado excitado. Intentó alejar a Iori de su mente y concentrar todos sus pensamientos en la tostada.

            -Nada. Ya sabes, lo de siempre. Que si sólo él tiene derecho a matarme, que si espera a que esté preparado para morir en la batalla, que si le tengo miedo...vamos, nada nuevo. No se caracteriza por su gran capacidad creativa al componer frases, que digamos.

            -¿Quién necesita creatividad con ese cuerpazo?

            Kyo dejó caer el tenedor y volvió a Benimaru una mirada asesina.

            Eso, Beni. Tu encima recuérdamelo.

            -¡Oh, dios! ¡Kyo! ¿Qué les pasa a tus manos? Estás sangrando -exclamó el rubio.

Hizo girar la silla de su amigo y se arrodilló en el suelo para observar las heridas. Kusanagi tenía la piel de los nudillos levantada y en carne viva. Unos espesos hilos de sangre comenzaban a rodar hasta la punta de sus dedos. No era la primera vez que veía al moreno con esa clase de marcas. Cuando estaba furioso siempre se desollaba los puños contra las paredes.

-Kyito, estás loco -susurró con mientras mojaba la servilleta de la bandeja en un poco de agua para limpiar la sangre-. Tienes hoy un combate y no se te ocurre nada mejor que esto. ¿Tanto te enfurece Yagami como para destrozarte las manos por él?

Kusanagi contempló a su amigo de rodillas en el suelo mientras le limpiaba las heridas. Él siempre se preocupaba, siempre estaba allí. ¿Por qué no podría haberse enamorado de Beni? Todo habría sido más fácil. Realmente era un muchacho precioso, allí, mientras sujetaba sus manos con esa expresión de honda preocupación en su rostro. Tan atento, tan amable...

Sólo tenía un fallo: No era Yagami.

¿Y por qué? ¿Por qué los comparaba en este momento? Benimaru daría su vida por Kyo. Iori se la quitaría.

Iori jamás podría corresponderle. En ocasiones pensaba que el pelirrojo sabía lo que sentía por él; porque sus movimientos eran dolorosamente sensuales, su mirada ardientemente lasciva, su voz profundamente insinuante. Cada uno de sus actos parecía una burla deliberada pensada sólo para hacerle temblar de impotencia y deseo.

Sólo con su presencia le hacía sentirse carente de toda voluntad, colérico por su falta de independencia y por la sumisión ante Yagami. Oh, dios... no quería reconocerlo, pero en verdad sabía que era suyo, que le pertenecía. Tenía la certeza de que si alguien intentaba matarle, se defendería salvajemente hasta vencer. Sólo Iori podía matarle. Lo sabía.

Se odiaba a si mismo por aceptar que le pertenecía.

Y odiaba a Yagami por poseerle.

            La furia contra Yagami hizo temblar sus manos.

            Para cuando se quiso dar cuenta de lo que estaba haciendo, ya era demasiado tarde. Kyo había dejado que su cuerpo cayera de rodillas junto a su amigo. Ahora sujetaba fuertemente el rostro de Benimaru, mientras presionaba su boca con sus propios labios en un beso violento y brutal.

 

            El rubio se quedó muy quieto, dejando entrar aquella lengua apremiante, pero sin devolver el beso. Aquello era algo que jamás había siquiera imaginado que pudiera pasar fuera de su imaginación. Kyo mordía su cuello con rabia y Benimaru no era capaz de distinguir el dolor  del placer.

            Aún sin moverse, comenzó a gemir cuando las manos del moreno le arrancaron la ropa con furia. Arañaba su espalda con garras de acero, mordía sus pezones hasta hacerle gritar. Cada roce sensual dejaba sobre su piel una marca de dolor. Podía sentir la furia y el resentimiento de Kyo, pero también la pasión y la lascivia.

            Sabía que sólo quería ahogar algún pensamiento con sexo, que la rabia que destilaban sus caricias no iba dirigida a él, ni su pasión, ni su rencor, ni su frustración. Sólo lo estaba utilizando.

            Pero... ¡Oh, dios! Había tanto deseo en sus rasgos contraídos, tanto calor en sus manos cuando arañaban su espalada... No encontró fuerzas para apartarse, y simplemente se dejó hacer, mientras de su boca brotaban gemidos y gritos de excitación y agonía.

            Lo había tumbado sobre el suelo, montado a horcajadas sobre su pelvis. Con una mano inmovilizaba las muñecas del rubio sobre su cabeza. Kyo comenzó a moverse rítmicamente, frotando su miembro erecto contra el de su compañero.

            Benimaru comenzó a ver chispas blancas en todo su campo de  visión y se quedó sin aliento. Su cuerpo reaccionó por si mismo, y se arqueó en un espasmo de placer, intentando por todos los medios intensificar aquel contacto.

            Pero el moreno se quedó quieto y descargó su peso sobre sus caderas, hasta que la espalda de Benimaru estuvo de nuevo completamente pegada al suelo. Luego le miró con una sonrisa furiosa y sádica.

            -Ni se te ocurra volver moverte.

            Y volvió a frotarse, pero esta vez con más fuerza y mucho más lento, desesperadamente lento, como instándole a que se “atreviera” a llevarle la contraria.

Beni tuvo que morderse los labios para controlar el deseo de marcar un nuevo ritmo con sus propias caderas. Estarse quieto era una tortura mayor que cualquier otra. Tener a aquel muchacho sobre él y no poder hacer nada. Cada vez le costaba más quedarse quieto, mientras el otro incrementaba lentamente la velocidad de aquella fricción. Cuando ya no pudo soportar más aquella tortura, sus jadeo se tornaron gemidos suplicantes.

-¡Oh, dios! ...mmmhh... Por favor... ¡siií, más!... aaaah... Kyo...

-Llámame Kusanagi... y sigue rogando.

Kusanagi. Rabia. Pasión. Furia. Deseo. Odio. Dolor.

-Oh, sí... di que me perteneces... reconoce que tú también me perteneces... -decía el moreno, cada vez más excitado.

Placer. Rencor. Humillación. Negación. Mentira. Kusanagi, me perteneces.

Dos lágrimas rodaron por el rostro de Benimaru, mientras se insultaba a si mismo por haber estado tan ciego. Yagami.

-...mmmhhh... Yagami... ruega... aaahhh...

Yagami era el único capaz de despertar todos esos sentimientos en su amigo. Por todos los dioses, Kyo le iba a follar sin dejar de pensar un momento en el pelirrojo. Kyo le estaba haciendo esto sólo para demostrarse que no pertenecía a Yagami.

Consiguió desasir las manos y apartar a un lado a un atónito Kusanagi.

-¿Qué...qué pasa? ¡Vuelve aquí!

Beni se tomó un momento para recuperar el aliento y tranquilizarse un poco. Aún le parecía increíble haber encontrado fuerzas para apartarse de aquel muchacho al que deseaba con todo su cuerpo. Evitó su mirada y comenzó a ponerse su ropa apresuradamente.

-Beni... ¿Qué ocurre?

No le contestó. Aún no había encontrado valor suficiente. Alisó las arrugas de sus pantalones e intentó arreglar como pudo su destrozado peinado. Kusanagi se puso de pie a su espalda. Su desnudez hizo que un escalofrío recorriera al rubio.

-Por favor, háblame, Beni. ¿Estás enfadado? No... no sé lo que me ha pasado...yo... Dime algo, por favor...

Entonces se giró en redondo y contempló fijamente aquellos enormes pozos castaños. Podría perderse durante horas en los ojos de Kyo. En ellos, en aquella mirada arrepentida tan diferente a la de minutos antes, pudo encontrar fuerzas para esbozar una sonrisa sincera.

-Kyito... -susurro-. Si hasta haciendo el amor para olvidarle no haces más que pensar en Él, entonces es que realmente le perteneces.

Kusanagi abrió mucho los ojos, sin saber que contestar. Beni abrió la puerta y le dedicó una de sus encantadoras sonrisas antes de marcharse.

-¡Ah! Y en el hipotético caso de que alguna vez echéis un polvo, déjale el papel de “amo” a él. No es por ofender, pero me sonaría un poco ridículo eso de “Sigue rogando, Yagami... di que me perteneces... ohhh... siiiií...” -recitó con un tono aflautado y burlesco-. Ponte a cuatro pat...

Una  zapatilla se estrelló contra una puerta convenientemente cerrada a tiempo. Desde el pasillo pudo escuchar una risa fina y musical.

Solo en su habitación, Kyo se dejó caer sobre un sillón.

-Lo siento, Beni...

 Benimaru se dejó caer contra una pared en el descansillo del ascensor. Todo rastro de sonrisa se había borrado de su rostro. Demasiados pensamientos cruzaron su mente. Intentaba concentrarse el botón de llamada, cuando un movimiento rápido le hizo mirar a su izquierda.

Yagami estaba allí, de pie, con los brazos cruzados y dedicándole una de las miradas mas serias e intensas que jamás hubiera visto.

El recuerdo de Kyo pronunciando su nombre le hizo sentir un latigazo de envidia.

Con el movimiento de una víbora, Iori apresó al rubio por el cuello, levantándolo un palmo del suelo.

-Es mío. Mío -siseó el pelirrojo mientras el otro pugnaba por respirar-. Mío para lo que quiera. ¿Entendido? Te mataré si dejas que te hable. ¿Comprendes? Te mataré si vuelves a gemir su nombre. Te lo prometo, nenita. Te arrancaré el cuello si veo que te mira durante más tiempo que a un extraño, o si se te acerca a menos de un metro. Es mío. Y si vuelve a besarte, aunque sea la más casta demostración de amistad, te juro que te arrancaré el corazón con mis propias manos. Kusanagi es mío, me pertenece.

Iori dejó caer al rubio como un fardo al suelo. Cuando Benimaru recuperó el aliento y pudo alzar la vista, no quedaba rastro de Yagami.

   
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