Título: Tras la Lucha
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, lemon, Iori x Kyo, Kyo x Beni,

Prólogo  
Dos historias tras el pasado


            -Que duermas bien, Kyo.

            Shizu depositó un suave beso en su frente y salió de la habitación. La enorme estancia quedó apenas iluminada por una pequeña bombilla de enchufe, lo suficientemente brillante como para alejar los monstruos que se escondían bajo la cama.

            Kyo se agazapó entre las sábanas mirando fijamente las sombras, descubriendo tenues movimientos aterrorizadores. No tardó mucho en acostumbrarse a la penumbra. Sus ojos pugnaban por cerrarse, pero tenía que esperar un poco más.

            Cuando dejó de escuchar el trajín de sirvientes en el pasillo, se apresuró a levantarse y abrir la ventana. No se atrevía a encender la luz. Cualquiera podría verla desde fuera y avisar a sus padres. Pero el miedo a la oscuridad era más intenso que la prudencia y, al cavo de un rato de ver fantasmas en las cortinas, se atrevió a prender una débil llama rojiza en la palma de su mano. Fue suficiente como para alejar sus temores.

            Esperó sentado a los pies de la ventana. Estaba a punto de caer dormido, cuando un ruido en la cornisa le hizo levantarse de un brinco.

            -¿Eres tú? -susurró muy bajito para que no lo oyeran desde fuera

            -¿Quién si no?

            Un cuerpo enjuto y zorruno cayó en cuclillas a su lado. Sus movimientos siempre sorprendían a Kyo por su elegancia casi felina.

El muchacho sopló hacia arriba para apartar los molestos mechones rojizos que siempre le tapaban los ojos. A Kyo siempre le hacía mucha gracia aquel gesto molesto, le hacía pensar en el libro que su madre le leía cuando era más pequeño: Peter Pan.

Le dedicó al recién llegado una sonrisa cálida.

-Te has retrasado. Casi me duermo.

-Ya... Mi padre no se quería ir a dormir -gruñó el otro, molesto-. Pensé que jamás me iba a poder escapar.

Los dos amigos se saludaron con golpecitos en la espalda que, poco a poco, se fueron haciendo más serios, hasta que acabaron en el suelo peleándose entre gritos y risas.

-Eh... ¡Ehhh!  -dijo Kyo, dejando al otro en medio de un terrible ataque de cosquillas-. Vámonos de aquí antes de que venga alguien.

Ambos muchachos se encaramaron a la ventana y descendieron por la pared como si fueran arañas.  La agilidad del pelirrojo siempre había sorprendido a Kyo. Era casi un año menor que él, y aún con todo casi eran de la misma altura. Sin embargo su amigo podía saltar desde muy alto y caer como un gato, y jamás le había visto tropezar.

-Oye, Kyo -dijo el otro susurrándole al oído-. Ayer comenzaron a florecer los Galanes de Noche.

Los ojos del moreno se iluminaron en un éxtasis absoluto.

-Mira -continuó en pelirrojo-. Me voy a adelantar para comprobar que están todos abiertos. Ven detrás, ¿vale?

Kyo intentó protestar, pero para cuando abrió la boca, ya era demasiado tarde. El otro había desaparecido entre las sombras, dejándole solo y desamparado en medio de la oscuridad. La luna nueva convertía la noche en absoluta negrura.

Aterrorizado,  comenzó a avanzar dando tumbos. Jamás le había confesado a nadie el pavor le de daban los lugares oscuros. No podía encender sus llamas hasta haber llegado al bosque. Los guardias de seguridad de la mansión lo verían enseguida y tenían la fea costumbre de disparar primero y preguntar después.

Con dificultades y entre jadeos de completo pavor, logró llegar a la arboleda.  Distinguió una luz entre los troncos. El pelirrojo debía estar haciéndole señales. Mientras avanzaba hacia el brillo, podía escuchar voces fantasmales a su espalda. Las ramas que azotaban su rostro eran mil manos descarnadas y cadavéricas. Sólo aquella luz entre los árboles le daba un atisbo de esperanza. Si querer, se descubrió corriendo, gimiendo, desesperado por alcanzar aquélla salvaguarda.

Cuando llegó hasta la luz, el pelirrojo le estaba esperando sentado en el suelo frente a una pequeña hoguera. Se puso en pie lánguidamente, con esos movimientos líquidos que tanto le caracterizaban.

Aquellos mechones rojizos volvían a taparle el rostro como de costumbre. El muchacho se llevó una mano elegante al rostro para apartarlos a un lado. No los había soplado.

Kyo se puso en guardia... algo andaba mal.

-Tu eres Kusanagi, ¿verdad?

Entre los cambiantes brillos azulados de las llamas, Kyo pudo distinguir el rostro que el otro niño había descubierto. Había una frialdad absoluta en aquellos rasgos. Un odio abismal en aquellos ojos que brillaban rojos bajo las llamas.

Ese no era el rostro de su amigo. No era Ramoru.

-¿Qui... quién eres? -preguntó Kyo. De pronto se percató de que sentía más miedo de aquella figura iluminada que de los fantasmas que probablemente había a sus espaldas.

-Sólo soy tu pesadilla, Kusanagi -dijo el otro niño, mientras encendía una lengua púrpura en ambas manos. A Kyo le hizo pensar en un adulto encerrado en el cuerpo de un niño-. Soy tu Yagami, el que va a matarte.

-¡¡¡Aléjate de él, bastardo!!!

Aquel grito venía a la espalda de Kyo. Era la voz de Ramoru, pero jamás le había escuchado tan colérico. Su amigo apretaba los puños con fuerza y rechinaba los dientes. Con un movimiento de cobra se interpuso entre los dos rivales.

Yagami ni siquiera pestañeó al verle. Hizo desaparecer las llamas de sus manos y se giró sobre si mismo.

-Hoy sólo vine para conocerte, Kusanagi. Pero la próxima vez te mataré, aunque también tenga que cargarme de paso al hijo de tu jardinero.

  

Seis años después

  Los dos adolescentes estaban tirados en el sillón, viendo pasar los títulos de crédito de una película coreana bastante mala. Eran las tres de la madrugada, y en el suelo se extendían las cajas vacías de pizza y alguna lata de cerveza y coca-cola.

Ramoru se había quedado dormido sobre las piernas de Kyo  y éste acariciaba distraídamente los lisos mechones rojizos. Su amigo despertó y se incorporó lentamente. Ambos estaban un poco atontados por el alcohol. Los padres de Kyo se habían ido de viaje, y era la primera vez que bebían tanta cerveza.

El más joven sopló para apartar los mechones rebeldes de su rostro. Luego miró a Kyo tontamente e intentó adoptar la seriedad propia de un borracho.

-¿Qué te pasa, Ra-chan? -preguntó Kyo sonriendo alegremente.

-¡Eh, eh, eh...! Esto es en serio -dijo el otro, levantando un dedo muy digno-. Oye Kyo...

Kusanagi intentó adoptar una expresión de profunda seriedad, consiguiendo apenas una mirada de absoluto sopor.

-Dime, Ramoru. Te escucho

-Cuando... -el pelirrojo parecía buscar las palabras adecuadas en su amasijo mental-. Cuando me miras... ya sabes... cuando... me miras... ¿piensas en Él?

Kyo le observó fijamente y sonrió un poquito. Luego alzó una mano y apartó aquellos mechones a la izquierda. Miró aquel rostro tan familiar que le contemplaba con un ojo oculto. Ramoru era su amigo desde que tenía uso de razón. Le acarició la pálida piel con el dorso de la mano

-No Ra-chan. Tú no te pareces en nada a Él.

Sin saber por qué lo hacía, Ramoru se acercó al rostro de su amigo y lo besó levemente en los labios. Kyo se quedó un momento sorprendido.

-¡¿Pero qué haces?! -gritó, empujándolo hacia atrás.

El pelirrojo le devolvió el golpe con una risita boba. Kyo sonrió y le clavó el codo en las costillas. Entre carcajadas y gritos comenzaron a pelearse. Acabaron tirados en el suelo, rodando sobre las latas, jadeando y riendo, hasta que Kyo consiguió inmovilizar al otro muchacho. De pronto fue consciente de la cercanía del otro cuerpo.

Y ahora fue él el que se acercó al más pequeño y besó sus labios. Ramoru le devolvió el beso con la misma torpeza, sin saber muy bien dónde poner sus manos o si debía girar la cabeza para profundizar aquel contacto.

Cuando al cavo de un rato Kyo rompió el beso, el pelirrojo estaba absolutamente sorprendido. No sabía cómo comportarse. Era su amigo, nunca se había planteado ni de lejos si sentía algo más por él.

Estaba muy borracho. Y Kyo también lo estaba.

El moreno mantenía los ojos cerrados y continuaba aún muy cerca de su rostro. Sus labios se abrieron para susurrar un nombre.

-Iori...

Ramoru apartó a su amigo de un empujón y se dispuso a olvidar en ese mismo instante todo lo que había pasado. Había sido una tontería, todo causa del alcohol. Ni él quería nada con su amigo ni Kyo quería nada con él.

No, con él no. Sólo con Él.

            -Anda, Kyo. Estás muy borracho. Los dos lo estamos -dijo, ayudando a levantarse a su amigo-. Venga, vamos a dormir. Te llevo a tu habitación...

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