ítulo: De algún modo
Autora:  Jei Farfy
Clasificación: +18, violencia, dark, lime.
   


            Ahí estás, como siempre. Frente a mí.

¿Me has estado buscando, Yagami? ¿Pensabas en mí? ¿Querías matarme? De algún modo, Iori, me querías.

Te veo sonreir mientras me miras, y tus ojos son fuego, fuego que desea hacerme arder entre tus llamas. ¡Oh, Dios! Iori, de algún modo me deseas.

            Siento como cada músculo se contrae bajo este pensamiento y mi mente lucha por ignorarlo, pero no puedo. Me es imposible no devolverte la mirada, y sé que mi desesperación y mi deseo son malinterpretados.

Piensas que son rabia y miedo.

            Deja de mirarme, Iori, porque si no lo haces, me acercaré a ti y tú pensarás que voy a atacarte. Y ahí me quedaré, a mitad de camino, mientras me lanzas tu fuego. Con los ojos cerrados. No podré más que odiarme a mí mismo por no haber sido capaz de detener mis pasos.

            Si no dejas de mirarme, iré a por ti. Y si no me detienes, Yagami, besaré tus ojos, tu cuello, tus labios. Si no me detienes, sé que yo no podré detenerme. Deja de mirarme.

            -¡Deja de mirarme y pelea, Yagami! ¿Acaso tienes miedo?

            Entonces alzas levemente la comisura de tus labios, sonríes sardónicamente y no apartas la mirada.

            Me sonríes, a mí, sólo a mí. Contrólate, Kyo. No debes pensar en sus labios, en sus ojos, en su cabello. Nunca lo tendrás de esa manera. Erguido sobre ti, su aliento en tu pelo, su cuerpo firme presionando el tuyo mientras con una mano sujeta tus muñecas...

            -Me excita mirarte...

            ¿Qué has dicho, Yagami? Tus palabras... ¿eran parte de mi ensoñación o han salido de tus labios?

            Das un paso despreocupado al frente. Sigues mirándome con esos ojos... tu sonrisa irónica prendida en tu rostro... o acaso... Acaso no es ironía lo que destilan tus ojos.

            Lujuria.

            Un escalofrío recorre mi espina dorsal y sé que lo notas, porque sonríes más ampliamente sin dejar de acercarte.

            -Me excita mirarte, kusanagi, y pensar en tener tu cuerpo inerte entre mis brazos –susurras, y ahora estoy seguro de que esas palabras han salido de tu boca-. Quiero matarte, es lo que más deseo, hacértelo con mis manos. Quiero tener tu cadáver entre mis brazos y sentir tu sangre entre mis dedos...

            ¿Por... por qué no puedo dejar de temblar? Me estás amenazando de muerte, me estás confirmando que sólo deseas matarme, y sin embargo... Yagami, no puedo dejar de pensar en morir entre tus brazos, en lo excitante que sería ver tu enfermiza lujuria pintada en las pupilas cuando me asesinaras.

            -¿Sabes, Kusanagi? Tengo un sueño recurrente, y tú apareces en mi sueño –comentas, como si no tuviera la más mínima importancia, como si no supieras que tu voz me está haciendo temblar como a una colegiala-. En mi sueño yo te penetro...

            -¡¿Qué?! –gimo, No... no pude evitarlo... creo que... que te has dado cuenta de que las palabras han sido más una exclamación de lascivia que de intimidación.

            Sigues sonriendo, sin dejar de mirarme, avanzando hacia mí. Ya no sé que me cuentan tus ojos, si disfrutas de mi estado o simplemente has enloquecido.

            -Sí, Kusanagi, en mi sueño te penetro. Mi brazo atraviesa tu carne como la mantequilla –tu boca se abre apenas unos milímetros, pero lo suficiente como para notar que el simple echo de recordar tu sueño te estimula sobremanera-. Hago quebrar tus huesos y estallar la caja torácica. Entonces todo tu peso cae sobre mi brazo que te atraviesa de parte a parte –dices, y humedeces tus labios con la lengua sensualmente-. Entonces tú me miras, Kusanagi y con tu último aliento dices: “Has vencido, Iori”

            Por un momento detienes tu avance y cierras los ojos, como saboreando el momento. Tus labios se mueven repitiendo esas tres palabras en silencio. Luego vuelves a mirarme y sigues tu lento avance.

            -Luego, mueres. Tu última palabra fue mi nombre –susurras, más hablando para ti que para mí-. En ese momento me despierto, Kusanagi. Y siempre estoy empapado, jadeante y sudoroso; y tengo la sensación de haber echado el mejor polvo de mi vida.

            -umhh... –no puedo reprimir el gemido que escapa de mi garganta.

Esta vez he ido demasiado lejos, el significado del sonido es inconfundible. Me doy cuenta cuando te detienes en seco y tu sonrisa se desdibuja en tu rostro. Me miras sorprendido, confuso.

Intentas asimilar que es miedo lo que siento. Pero no hay lugar a dudas, mi respiración entrecortada, el sudor frío, mi boca está entreabierta y anhelante. Noto los labios hinchados y mis pezones duros marcados en la ajustada camiseta. No es la única prenda que desde hace un rato está demasiado ajustada.

Me siento avergonzado y aparto la mirada. Puedo sentir tus ojos fijos en mi y sé que mi rostro está enrojeciendo de humillación. Noto como contemplas mi cuerpo de arriba a abajo y es mi entrepierna lo que te  cerciora de que no es intimidación lo que has despertado en mi con tus palabras.

No sabes qué decir ¿ne? Pero me da igual, Iori. Hace mucho que no me importa que lo descubras. Era cuestión de tiempo que te dieras cuenta que cuando peleamos y me golpeas, mis jadeos no son de dolor. Tener tu cuerpo tan cerca es demasiado para mí, tanto que a veces pienso que voy a estallar de dicha.

No sé cuándo ni cómo el odio se trasformó en esto, no sé cómo pudo el dolor convertirse en placer si venía de tus manos. Ansiaba cada combate con pasión hasta que nuestras peleas han sido el único hilo de mi existencia. No pienso en otra cosa más que en que me ataques y atacarte, porque eso hace que te resientas y seas más violento en tus acometidas. Más violento, más pasional, más intenso. Una y otra y otra y otra vez... Ahhh... Iori... te deseo.

Te oigo recorrer los últimos pasos que nos separan, y me quedo muy quieto mirando tus ojos de pupilas dilatadas. Ya no sonríes, pero tu mirada sigue fija en mí. No me mires así, pelirrojo, no puedes imaginar lo mal que me pones cuando me miras así.

No sé como ha ocurrido, pero tu cuerpo se ha pegado al mío y noto tu respiración cálida y entrecortada en mi cabello. Tan cerca, tan cerca...

-Ahhh... –jadeo. Estás demasiado cerca, más de lo que nunca antes habías estado.

Reaccionas a mi gemido atrayendo mi cuerpo hacia ti con un brazo. Tu también estás temblando, también suspiras... Tu cuerpo es cálido y firme, perfecto. Contemplo de cerca la piel de tus pectorales y la correa de tu cuello donde una vena late desesperadamente cerca de tus marcadas clavículas. Deseo poder besar tu cuello, pero me quedo quieto. ¿Cuántas veces habré soñado, de mil maneras, este momento? Y ese collar de cuero... te imaginé quitándotelo y colocándomelo en mi propio cuello, Yagami. Te imaginé atándome después con la cincha de tus piernas hasta quedar completamente a tu merced, humillado, sumiso como un perro faldero. Y después tú me quemarías con tus llamas deliciosamente, haciéndome gritar de placer ¿o era dolor?

Puedo oler tu excitación, Iori. Puedo sentirla pegada a mi cuerpo, enorme y rígida. Sé que eres consciente de la mía, ya que no puedo evitar frotarme contra ti y presionarla contra tu ingle, ya no reprimo mis gemidos.

Mis fantasías jamás llegaron a igualar este momento. El momento en el que tú comienzas a recorrer mi torso con una mano pasional que acaricia, pellizca y lacera allá por donde pasa. Se desliza bajo mi camiseta negra mientras tu boca húmeda roza mi oído. Me siento desfallecer cuando comienzas a pellizcar mis pezones, a torturarlos con crueldad, arrancándome gritos de la boca y lágrimas de los ojos. Recorres los músculos de mi abdomen arañando sin piedad y dejando marcas rojas como latigazos.

-Mmhhh... Kusanagi... qui... quiero oírlo –susurras a mi oreja para luego introducir tu lengua.

Me retiro un poco para mirarte a la cara, y veo que tus pupilas están dilatadas y brillantes, me contemplas con más pasión de la que jamás he visto. Cualquier cosa vale la pena por esa mirada de deseo. Me abrazo a ti con desesperación, mis ojos fijos en los tuyos, tu mano recorriendo aún mi cuerpo, bajando hasta el borde los los pantalones, colando dos dedos por dentro del slip.

Sin apartar la mirada de tus ojos digo lo que quieres oír, las palabras más ciertas que jamás he dicho:

-Has ganado, Iori.

Una lágrima rueda por mi rostro cuando contemplo como se abren tus ojos. Jadeas entrecortadamente y tus manos me aferran como garras. Entonces noto algo húmedo entre nosotros, y por un instante pienso que, al igual que en tu sueño, el oír como me humillo ante ti ha sido demasiado excitante para aguantar tu pasión.

Pero me estoy engañando y lo sé... Lo sabía antes de decir esas tres palabras. Lo... lo confirma el dolor... agudo de mi vientre... tu mirada... y... y tu mano bañada... en sangre...

...y que tu... tu nombre... sea lo... último... que diga... y que... que... piense...

...Iori