Saludos
Cristal
"Lluvia de Lágrimas"...
Fic por Cristal
///Lluvia de lágrimas,
así es como se supone que
deberían llamar al momento que todo se rompe en
nuestra alma.
La lluvia de lágrimas nunca tiene un día o una hora,
simplemente sucede, y nada la anuncia, no es el
apocalipsis, no es el fin del mundo, pero parece el
momento en que se termina una vida, o una etapa, es...
cuidadosamente doloroso...///
Benimaru se paró
frente a la vidriera de la tienda de
música.
Allí estaba el anuncio del último disco de Iori, ahora
como solista.
Sus ojos se veían tan penetrantes y salvajes como
siempre, como si pudiera leer el alma de otra persona
o atravesarla, incluso, desde el papel.
Lentamente paseó sus dedos por el contorno del rostro,
sus finas garras apenas rozando la imágen cómo si lo
idolatraran, casi como si temieran hacerle daño.
Su dorada obzexion.
Fue entonces cuando vino a su mente la idea de la
lluvia de lágrimas...
Lloraría por él,
porque jamás podría tenerlo, Iori era
como las estrellas, uno puede admirarlas de lejos pero
jamás poseerlas.
Y dentro suyo algo se rompió, siempre se había
resistido a pensar que alguien podía resistirle, que
alguien pudiera no caer ante su belleza o su
experiencia o lo que fuera que los atraía, pero
Yagami, Yagami era como un Dios lejano, indiferente a
su amor o a su pasión.
Y sus lágrimas se resistían a caer aunque las llamaba
como una forma de exorcisar su dolor, solo quería
quitarse todo eso de la cabeza, tal vez recuperar su
vida.
Alguien hablaba a sus
espaldas, alguien incluso
parecía molesto, se alejó de la imagen y ausente
caminó hacia otra vidriera.
Sintió algo detrás suyo, la persona que le había
hablado seguía a sus espaldas, detectaba un pequeño
tono de burla, pero no le importaba.
No quería escuchar nada, ni a nadie.
Y en su mente alguien preguntó qué diablos le pasaba,
el no era así!. Y supo que se había perdido, que un
delicado equilibrio se había roto, y que nadie podía
recomponer el cristal de su corazón, había alcanzado
el punto de quiebre...
Nadie puede rearmar los pedazos de un vitral, ni
cuidadosamente poner juntos los pequeños fragmentos
que se esparcieron como si reconstruyeramos un
rompecabezas...
El ya no podría sacarse al Yagami de su cabeza, o de
su alma, aquel veneno que había tragado gustosamente
gota a gota, a través de sus apariciones en público,
de sus luchas con Kyo, de sus canciones, e incluso de
aquella vez que durante un concierto se había acercado
a él y lo había besado...
Estaba perdido, enamorado de alguien que jamás podría
ser suyo...
Una lágrima resbaló
por su mejilla, y su figura se
encorbó y empequeñeció frente a la vidriera, ante sus
propios ojos, y el fuego que solía existir en sus
pupilas desapareció como lo hacían las llamas luego de
un incendio...
Detrás suyo la
figura permanecía inmóvil, tan quieta
que uno podía pensar que había desaparecido.
¿Quién era y qué quería?. Esas preguntas tal vez
hubieran tenido importancia antes...
Lentamente se apoyó en el vidrio indiferente y al
mirarse no se reconoció.
Se dió media vuelta y se alejó, sombra de su pose
altiva, sombra de una sombra, el no parecía el mismo
Benimaru que enloquecía a quien lo viera, tan seguro
de si mismo, tan seductor...
Escuchó la voz a sus espaldas otra vez, y otra vez la
ignoró, permitiendo que se mezclara con todas las
otras que existían en el centro comercial.
Quien fuera pronto se cansaría de no obtener
respuesta.
Al pasar frente a un puesto de flores, se preguntó si
alguien le regalaría algunas, después de todo, se le
llevan flores a los muertos...
No podía dejar ir la angustia, la lluvia de lágrimas,
que tenía cada vez más poder sobre él.
La figura a sus espaldas no se separó de él ni
siquiera cuando llegó al estacionamiento.
Buscó el lugar donde había estacionado su auto.
Lo encontró de pura casualidad, o tal vez por ese
instinto indivisible del ser humano.
Pero cuando llevó su mano al bolsillo trasero del jean
listo para sacar la llave y marcharse de allí, tal vez
matarse en la carretera, una mano fuerte lo detuvo,
tomándolo por la muñeca.
Se giró lentamente, ni siquiera dispuesto a enfrentar
a su atacante, simplemente quería verle el rostro,
saber cual sería el último que quizá contemplaría, y
sin saber cómo estaba atrapado contra un cuerpo que
emitía un extraordinario calor...
Levantó el rostro lentamente, aún demacrado por las
lágrimas tempranas y empeorado el cuadro por el rimel
corrido.
Y allí estaban los ojos que tanto lo perturbaban...
allí estaba el rostro pétreo de Iori Yagami.
Sonrió tristemente, sin intentar soltar su mano,
aunque la presión a que lo estaba sometiendo ya le
hacía daño...
-Eres tú...- Susurró tan despacio que no reconoció su
propia voz.
-Esperabas a alguien más?- Escuchó aquella voz segura
de sí misma, controlada, mas no fría.
Sus ojos celestes lo contemplaron, queriendo memorizar
cada pequeño rasgo de aquella figura.
Luego lentamente levantó la otra mano, la que quedaba
en libertad y sin importar el costo de la acción que
iba a llevar a cabo, lo acarició de la misma manera
que había hecho con la imagen en la vitrina, pero esta
vez en lugar de una dura superficie transparente
sintió la piel, el calor...
Y por primera vez, pudo apreciar la verdadera magnitud
de lo que nunca podría tener... y apartó la mano,
dejándola caer pesadamente a su costado, y permaneció
pegado a aquel cuerpo como si todo su ser fuera solo
un cuerpo sin voluntad propia...
Y el Yagami lo sostenía, con toda su fuerza.
Se quedaban allí, en
el estacionamiento iluminado por
la horrible luz de los tubos fluorescentes, quietos,
dos cuerpos, dos figuras, dos seres con muy distintas
historias, seres que se atraían como mariposas a la
hoguera, listos para consumirse mutuamente...
Iori le sonrió confiado, con esa sonrisa que era medio
irónica, medio arrogante y medio despectiva, tan
propia de él.
Benimaru se quedó quieto, mirándola, bebiéndosela,
esperando la muerte que vendría por su atrevida acción
de minutos antes, pero no le importaba, vendría de su
mano.
-Hazlo...- Pidió lentamente, seria su rostro, seria SU
mano.
Yagami solo hizo su sonrisa más patente, mirándolo con
esos ojos oscuros que se clavaban en los suyos,
perforando la piel y quemando el alma.
-Qué es lo que quieres que haga?- Preguntó suavemente
-Quieres que te asesine?- Hizo una pausa, y el rubio
se atrevió a mirarlo nuevamente, entre el temor y la
esperanza -O quieres que te ame?-
En ese segundo lo odio por burlarse así de él, como el
gato que juega con el ratón entre sus garras,
haciéndolo temblar y preguntarse cuándo lo deboraría
finalmente, finjiendo dudar si lo hará...
Pero aún con el sentimiento de furia, con la chispa
por dentro se resistió a reaccionar, se resistió a
herirlo, nada ganaría de hacerlo, lo sabía.
-Tú opción Yagami- Afirmó finjiendo una fuerza
interior que no sentía.
-Que... sumiso...-Paladeó la palabra como si se
tratase de un vino exquisito -Estás hoy, rubio-
Y eso era quizá lo que necesitaba para reaccionar,
para que la condenada lluvia de lágrimas diera lugar a
un radiante sol de ilusión, el estado contrario...
-Te gusto así?- Un poco de su viejo yo, de su sonrisa
encantadora, tan falsa como la noche a las tres de la
tarde, pero su única máscara al fin, la que conocía
mejor.
Y también tuvo la fuerza suficiente para darle un
pequeño empujón dejándole claro que quería ser
liberado de inmediato, aunque eso también era falso,
quería que el Yagami lo sujetara tan fuerte que jamás
pudiera huir, no quería seguir huyendo... de sí mismo,
ni de él.
Yagami le sonrió con desprecio y lo sujetó con más
fuerza... acercándolo a él.
-Creí que me regalabas tus lágrimas-
-Pero no mi ser...- Susurró por toda respuesta,
sabiendo que si Yagami lo pedía, a su inusual manera
le daría incluso eso.
-Mientes- Lo acusó tercamente, convencido de sus
palabras, de su razón y de su verdad.
El rubio bajó la vista... nuevamente la lluvia de
lágrimas lo amenazaba, la confianza que parecía haber
cobrado, nublado su sol de ilusión.
Tembló y sabía que el otro lo había sentido.
Y a ese temblor siguió otro, y otro, mientras se
encerraba en su obstinado silencio, cerrando los ojos
a la realidad, a su temor, a su soledad, y a su dorada
obzexion.
Y entonces lo asaltó la sensación más extraña de
todas...
El apasionado y delirante pelirrojo lo abrazó
cálidamente, y lo retuvo contra su pecho.
-No te dejaré ir, no lo haré- Y sonaba a un juramento.
Pero el también sabía que no podía jugarle sucio
ahora, tenía que decirle la verdad, advertirle...
-Intentaré huir-
-Te detendré cada vez...-
-Haré lo que sea- En voz baja, casi como si se
arrepintiera de su propia forma de ser, esperando el
momento en que el otro lo soltara y decepcionado se
alejara de él.
-Yo también-Duramente.
Luego de un segundo, una mano levantó su rostro, y lo
obligó a mirar a aquellos ojos amatista.
Una lengua descendió, lavando su rostro, eliminando
todo rastro de sus lágrimas.
-Vamos-
-Dónde?- Preguntó confundido.
-A casa-
Y Benimaru sintió como ahora sí la lluvia de lágrimas
cedía en forma definitiva, no más dolor, no más
soledad, no más abandono...
Solo Yagami, solo sueños...
Solo una eterna compañía de una brillante, radiante,
luna de sueños...
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