Caprichos 1
Fanfic por Cristal
El jóven de los cabellos rubios tan conocido en aquel
lugar, y en muchos otros del mismo estilo, esa noche
en particular se comportaba de una forma tan extraña
que era un desconocido para todos; era apenas una
sombra vigilante y atenta escondida en un rincón donde
las luces no llegaban. Desde allí podía sentirse
seguro de no ser observado y de poder observar con
comodidad al hombre de los ojos color sangre que
parecía tan cómodo como podría estarlo el cazador en
la selva, como si todo el maldito lugar le
perteneciera, con la seguridad innata de que nadie
podría resistirle.
Cuando lo vió llevar al niño ese a la pista, sonreirle
descaradamente, decidió que era demasiado y optó por
actuar, abandonó el sitio desde donde se había portado
como simple expectador y se lanzó al ruedo.
La música de tan alta parecía resonar dentro de su
cuerpo tapando los latidos acelerados de su corazón,
la sangre en sus venas hervía, mientras sus ojos
permanecían fijos en el blanco y el se movía
sensualmente y lleno de encanto como si fuera una
serpiente.
Sin pensar ni medir las consecuencias, con el descaro
que lo había hecho famoso, se pegó a la poderosa y
fuerte espalda del hombre pelirrojo, cruzándole sus
brazos hacia el frente, donde permitió que sus manos
vagaran por todo aquel cuerpo imponente, sin
vergüenzas ni límites.
Su cabeza se apoyó sobre el hombro cubierto apenas por
la camisa blanca que estaba desabotonada y por donde
encontró la entrada perfecta para que sus labios
mordieran la piel demasiado blanca para tratarse de un
hombre que controlaba el terrible fuego púrpura.
-Iori... por qué conformarte con aprendices cuando
podrías tener al experto?-Con su aliento tibio
acarició aquella oreja sencillamente deliciosa, y con
su lengua la recorrió, mientras esperaba por la
reacción de quien parecía demasiado confortable con lo
que estaba sucediendo.
-Benimaru...-
Era simplemente reconocimiento, o una invitación?. O
tal vez era un poco de ambos, el de ojos marinos
eligió arriesgarse.
-Así es... déjame mostrarte lo que puedo hacer-
Susurró descaradamente, hacía demasiado tiempo que
deseaba al heredero de los Yagamis, demasiado tiempo
que contenía ese deseo por temor a ser muerto en el
instante mismo que hiciera una propuesta.
Sin darse cuenta el momento exacto se halló frente a
frente con el peligrosísimo hombre, y descubrió sus
manos atrapadas por una poderosa garra que las retenía
contra su propia espalda, sus cuerpos permanecieron
separados apenas por unos centímetros, sin embargo,
parecía haber allí una especie de barrera invisible.
-Quieres jugar así de salvaje, amante?- Preguntó con
una sonrisa sensual, lamiéndose los labios, el
aceptaría a esta criatura como quisiera mostrarse.
-No lo sé, muñeco, cómo te gustaría que jugaramos?-
Las palabras dichas con voz grave, suave y al mismo
tiempo cargadas de sensualidad fueron suficientes para
hacerle emitir un pequeño gemido de placer, cuánto
tiempo, cuántos sueños había tenido donde el pelirrojo
se portaba exactamente así?.
-Tú eres el dominante Iori... es tu decisión- Su voz
suave y la forma en que bajó sus ojos eran signos
claros de sumisión los cuales no dejaron de afectar al
Yagami quien sin perder tiempo, con su otra mano, lo
tomó por el mentón y lo obligó a mirarlo a los ojos
mas no vió en ellos reto alguno ni burla, solo deseo,
absoluto deseo, por toda la complejidad de su ser, no
solo su cuerpo, sino pasión, odio, amor, dulzura,
sensualidad, cariño, dominio, posesividad...
Aquella visión lo provocó, tocándo una fibra íntima de
su ser, sacudiéndolo como solo puede sacudirnos lo
imposible volviéndose real, y sin delicadeza alguna lo
besó, quería que el rubio supiera exactamente lo que
estaba eligiendo, pues si podía aceptar esta parte
suya, esta necesidad por herir y controlar entonces
merecía que él le mostrara su otra parte, la que todos
creían que no existía, la que era amable y suave.
Las garras lo tomaron por la nuca casi clavándose en
la tierna y pálida piel, esperando poder oír alguna
queja.
Apenas unos minutos después abandonó aquella boca para
que sus dientes se clavaran en el punto exacto donde
se unen el cuello y el hombro, arrancándo un grito
primitivo de su compañero cuyo cuerpo quebró la
resistencia que los mantenía alejados y logró pegarse
al suyo, mostrándole que encajaban perfectamente, cosa
que él ya sospechaba.
La lengua roja lamió el sitio lastimado pero no para
pedir disculpas, ninguna de su caricias parecía tener
más fin que el de reducirlo a lágrimas, y sin embargo
solo podía escuchar pequeños sonidos de placer
contenido.
-Realmente crees que puedes soportarlo?. Crees que
podrás domarme?. Si esto es solo uno de tus caprichos
abandónalo ahora, porque si te posee no recuperarás tu
libertad jamás, comprendes?-
-Iori...- Esa palabra fue lo único que pudo escapar de
sus labios y solo podía significar rendición
incondicional, una que había existido desde el momento
mismo que juntó el valor necesario para acercarse a
él.
Esa aceptación de las nuevas reglas de juego, sus
reglas, mereció una sonrisa de triunfo de parte del
pelirrojo, el cual siempre había sabido que algún día
poseería al otro luchador.
Lentamente soltó los brazos del de cabellos ondulados,
haciendo que lo rodearan por segunda vez, aceptando
ahora el abrazo que pretendía darle con todo el
cuerpo, luego aflojó la presión de sus garras y ahora
ambos se unieron en un beso lleno de pasión pero sin
salvajismo.
Sus garras pintadas de negro recorrieron la espalda
del eléctrico jóven por encima de sus ajustadísimas
ropas celestes y finalmente se detuvieron rodeándole
la cintura, atrapándolo, Benimari se enroscó alrededor
suyo como si fuera una serpiente y finalmente apoyó la
cabeza en su pecho.
-Vamonos de aquí- Le ordenó con voz grave, incapaz de
resistir por más tiempo la necesidad de marcarlo como
suyo.
Los ojos aguamarina le miraron, esta vez llenos de
temor, temor a verse rechazado, atacado incluso
asesinado por su atrevimiento de más temprano.
-Ahora, muñeco!. Ninguno de estos inútiles va a verte
sin ropas...-
Entonces la expresión del rubio cambió a una de
felicidad, pues eso solo podía significar que el
indomable Yagami iba en serio.
Sería imposible explicar lo que le costó reprimir ese
coraje con el que lo había abordado más temprano y que
le venía naturalmente a la hora de la cacería, de la
seducción, pero esa no era la forma del que
rápidamente lo obligaba a avanzar entre la multitud
con dirección a la salida del local.
El viento frío lo golpeó apenas había puesto los
delicados pies fuera del establecimiento, haciéndolo
maravillosamente consciente de que a su lado un
bellísimo pelirrojo continuaba rodeándole la cintura
con esa fuerza que era solo suya.
Con una sonrisa juguetona se recostó contra aquel
cuerpo adorado, admirado y deseado, esperando escuchar
algunas palabras entre dulces y salvajemente
descontroladas, pero una vez más se vió sorprendido,
cuando todo lo que obtuvo fue un mordisco en el cuello
que había dejado descuidado y que reforzaba la marca
de propiedad que clamaba el Yagami.
Un suspiro y un quejido ardientes escaparon de sus
labios finos y helados.
Girándose como un gato que al saltar busca caer de
pie, se puso frente a frente del que ya pensaba como
su amante, y le rodeó el cuello con una mano, rematada
por cinco bellísimas y cuidadas garras, pintadas del
color de sus ojos.
-Iori, no es necesario que hagas eso todo el
tiempo...- Suavemente, y pese a que con su agarre
estaba retando el dominio del Yagami, mantuvo la
mirada baja, queriendo demostrarle que esa no era su
intención.
En el silencio de la noche se escuchó la risa del
indomable ser, demasiado clara y cristalina en los
oídos del rubio.
Era una risa cruel y al mismo tiempo de triunfo.
-Ya me perteneces, verdad?- Susurró en su oído,
palabras ardientes, llenas de deseo.
Había adivinado que aquello era exactamente lo que el
rubio le había querido decir con su frase incompleta.
-Quiero oirte decirlo...- Era una orden y al mismo
tiempo una oportunidad, la última oportunidad de
salirse, de dejarlo todo sin consecuencias... si hacía
lo que el otro le decía, entonces no había
escapatoria, estaba entrando en una relación distinta
de todas las que antes hubiera tenido... pero al fin y
al cabo Iori era único.
-Soy tuyo!- Aseguró vehemente.
Pronto llegaron a la enorme casa, durante todo el
trayecto no habían intercambiado palabra.
Los guardias de la entrada ni siquiera se fijaron en
el acompañante del jóven luchador pues por todos los
medios trataban de no atraer en lo más mínimo su
furia.
Entraron rápidamente, y desde el momento mismo que
cruzaron la puerta el más alto había comenzado su
asalto... acariciado por su pronto a ser amante
mientras le quitaba la ropa lentamente,
reconociéndolo...
En un instante, cuando intentó intervenir, ayudarlo, o
responder siquiera, sus manos fueron alejadas con una
suave violencia, obligándolo a mantenerse al margen y
aceptar solo lo que su amante quería darle... tal y
como debía ser según las reglas del juego, de la
relación que había aceptado y, que ya no podía negar,
necesitaba.
Dejaron atrás la cocina e ignoraron varias puertas,
que quizá, conducían a habitaciones a una velocidad
increíble para dirigirse directamente al que parecía
ser el dormitorio del dueño de casa.
Finalmente, Yagami lo tenía a su merced recostado
sobre la cama, temblando de pasión, lo observó
cuidadosamente con sus fríos ojos amatista oscurecidos
por el deseo, como si quisiera absorverlo, grabarlo en
sus retinas.
-Te vez maravilloso así, todo mío...-
-Iori...- El rubio se lamió los labios, dejándolos
húmedos y brillantes, listos para ser tomados, justo
como él, por Iori y este aceptó la invitación.
Con lentitud, el fuego de la pasión se apagó entre
ellos, sus cuerpos se calmaron, y el silencio se
volvió uno de descanso.
El pelirrojo entrelazó sus piernas con las de
Benimaru, sus brazos le rodeaban el cuerpo, ese mismo
que ahora lucía rasguños, marcas de dientes, moretones
producidos por succión.
-No voy a ningún lado- Susurró suavemente, había
descubierto que esa era la voz que prefería su
dominante.
-Por supuesto que no- El amo del fuego púrpura
sonreía, luego con un dedo largo y fino, rematado en
una garra le obligó a levantar el rostro para recibir
un suave beso en sus labios maltratados -Eres mi
sumiso ahora...-
Sin decir nada más soltó su rostro para dirigir su
mano a un cajón cercano, sacando de allí un objeto que
el rubio reconoció rápidamente, un collar de cuero
negro con hebilla de plata -...Y esto lo prueba-
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